miércoles, 16 de septiembre de 2026

estreliita

 🌙
La estrella que tenía sueño
En un rincón tranquilo del cielo vivía una estrellita llamada Luma.
Luma era pequeña y brillante, y cada noche se asomaba entre las nubes para iluminar un poquito el bosque.
—Buenas noches, árboles —susurraba.
—Buenas noches, Luma —respondían las hojas, moviéndose despacito.
—Buenas noches, río.
—Buenas noches —contestaba el agua, haciendo shhh, shhh entre las piedras.
Pero una noche Luma estaba muy cansada.
Había pasado todo el día ayudando al Sol a despertar a los pájaros y a pintar de dorado las montañas.
—Creo que hoy necesito dormir —dijo, bostezando.
Así que buscó un lugar cómodo donde descansar.
Primero probó detrás de una nube.
—Demasiado blandita —dijo.
Después se tumbó sobre la Luna.
—Demasiado curva.
Finalmente encontró una nube pequeñita, suave como una almohada.
Luma se acurrucó.
Entonces escuchó una vocecita.
—¿Ya te vas a dormir?
Era un búho joven que miraba desde una rama.
—Sí —respondió Luma—. Pero me preocupa que, si me duermo, el bosque se quede oscuro.
El búho sonrió.
—No te preocupes. La Luna cuidará del bosque. Y yo también.
Luma cerró un ojito.
Después, el otro.
El viento pasó suavemente entre los árboles.
Shhhhhh...
El río siguió su camino.
Shhhhhh...
Y las hojas se balancearon muy despacio.
Shhhhhh...
Luma respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Y, poco a poco, se quedó dormida sobre su nube.
Aquella noche, el bosque estuvo tranquilo.
Los conejitos durmieron en sus madrigueras.
Los zorros descansaron junto a sus familias.
Los pájaros escondieron sus cabecitas bajo las alas.
Y el búho joven permaneció despierto un ratito, mirando la pequeña nube.
—Duerme bien, Luma —susurró.
Muy arriba, la estrellita sonrió mientras soñaba.
Soñó con flores que volaban, con nubes de algodón y con un cielo lleno de pequeñas estrellas que cantaban una canción muy bajita.
Y desde entonces, cada noche, cuando Luma empieza a tener sueño, recuerda algo importante:
Incluso las estrellas necesitan descansar.
Y cuando llega la mañana, despierta renovada, lista para volver a brillar.
Buenas noches, Luma.
Buenas noches, bosque.
Buenas noches, Luna.
Y buenas noches a ti. 🌙✨
Que descanses profundamente y tengas sueños bonitos.

El Capitán Loro

El Pirata Loro, aparte de ser un gran bocazas, como su intrépido seudónimo, por sus palabras sin filtro, como sus esplendorosas batallas, como su vocabulario para alardear de la mas simple batalla y hacerla una batalla digna de cualquier pirata de varios aros.

Fue con su pobre tripulación a una isla con indígenas que guardaba las riquezas de lo que fueron años en su vida y su tierra.

Tras la pelea, entre armas blancas y primitivas y al filo de la espada, se hizo con el tesoro que estaba ofrecido por los indígenas a sus dioses. 

Muchos fueron heridos, pero el orgullo creció de la boca hasta ir en oídos de los indígenas que les retumbo del Pirata Loro.

Y se fue ni dejando el eco de sus palabras solo unos indígenas con los dioses enfurecidos.

Y sus mas simples propiedades ahí puestas.













Capitán Loro 1° Capitulo


Veo que tienes la base de un primer capítulo de aventura pirata, con un protagonista fanfarrón llamado Capitán/Pirata Loro y un tesoro ligado a los dioses de una isla. Te lo puedo pulir manteniendo tu idea, pero dándole más ritmo, coherencia y ambiente narrativo.

Escritura

Misterioso Tesoro

Capítulo 1 — El Capitán Loro

El Pirata Loro, además de ser un gran bocazas, hacía honor a su intrépido apodo. Sus palabras no conocían filtro alguno, y sus historias tampoco conocían límites.

Para él, cualquier pelea podía convertirse en una batalla legendaria. Una simple escaramuza era, después de pasar por su boca, una guerra digna de ser contada durante generaciones. Si había derrotado a dos hombres, aseguraba haber vencido a veinte. Si había recibido un corte, hablaba de una batalla en la que había esquivado cientos de espadas.

Y su tripulación, pobre de ella, ya estaba acostumbrada.

Aquel día habían llegado hasta una isla perdida, habitada por un pueblo indígena que guardaba un antiguo tesoro. Se decía que aquellas riquezas habían pertenecido a sus antepasados durante generaciones y que la isla escondía secretos que ningún forastero debía descubrir.

Pero el Capitán Loro solo veía una cosa.

Oro.

—¡Tripulación! —gritó mientras señalaba la costa—. ¡Hoy seremos más ricos que todos los reyes que existen y han existido!

Los hombres se miraron entre ellos.

—Capitán, dijiste lo mismo en la última isla —murmuró uno.

—¡Y mira qué poco oro encontramos! —respondió Loro—. ¡Esta vez será diferente!

No tardaron en descubrir que los indígenas no estaban dispuestos a entregar sus riquezas.

La tensión se convirtió en combate.

Espadas contra lanzas. Acero contra armas primitivas. Gritos, golpes y polvo llenaron la costa mientras ambos bandos luchaban al filo de la vida.

El Pirata Loro avanzaba entre sus enemigos blandiendo su espada.

—¡Apartaos, miserables! ¡Estáis ante el terror de los siete mares!

Uno de sus hombres recibió un golpe y cayó al suelo.

—¡Capitán!

—¡No os preocupéis! —gritó Loro—. ¡Esto no es más que el principio de mi gloriosa victoria!

Después de una larga pelea, los indígenas terminaron retrocediendo.

Heridos y agotados, los piratas consiguieron llegar hasta el lugar donde se encontraba el tesoro.

Pero no era un simple montón de monedas.

El oro, las joyas y las piedras preciosas estaban colocados alrededor de un antiguo altar. Los indígenas habían ofrecido aquellas riquezas a sus dioses.

Loro se quedó mirando el tesoro con los ojos muy abiertos.

—¿Todo esto… es para unos dioses?

Sonrió.

—Pues hoy los dioses tendrán que conformarse con mis sobras.

Sus hombres comenzaron a recoger las riquezas.

Sin embargo, los indígenas observaban en silencio.

No gritaban.

No atacaban.

Simplemente miraban.

Y eso hizo que uno de los piratas sintiera un escalofrío.

—Capitán… deberíamos marcharnos.

—¿Por qué?

—Porque creo que están esperando algo.

Loro soltó una carcajada.

—¡Que esperen! ¡Ya pueden contarle a sus dioses que el Capitán Loro estuvo aquí!

Su voz retumbó por toda la isla.

Los indígenas levantaron la mirada hacia el cielo.

El pirata y su tripulación abandonaron la isla con el tesoro, dejando atrás únicamente sus huellas, algunas propiedades que no habían podido llevarse y el eco de las palabras del Capitán Loro.

Pero cuando el barco desapareció en el horizonte…

La isla quedó completamente en silencio.

Entonces, desde las profundidades de la selva, se escuchó un sonido.

Un rugido.

Los indígenas se arrodillaron.

Los dioses habían despertado.

Y el tesoro que el Capitán Loro había robado…

No era un tesoro.

Era una advertencia.

El barco del Capitán Loro navegaba tranquilamente mar adentro.

Demasiado tranquVeo que tienes la base de un primer capítulo de aventura pirata, con un protagonista fanfarrón llamado Capitán/Pirata Loro y un tesoro ligado a los dioses de una isla. Te lo puedo pulir manteniendo tu idea, pero dándole más ritmo, coherencia y ambiente narrativo.

Escritura

Misterioso Tesoro

Capítulo 1 — El Capitán Loro

El Pirata Loro, además de ser un gran bocazas, hacía honor a su intrépido apodo. Sus palabras no conocían filtro alguno, y sus historias tampoco conocían límites.

Para él, cualquier pelea podía convertirse en una batalla legendaria. Una simple escaramuza era, después de pasar por su boca, una guerra digna de ser contada durante generaciones. Si había derrotado a dos hombres, aseguraba haber vencido a veinte. Si había recibido un corte, hablaba de una batalla en la que había esquivado cientos de espadas.

Y su tripulación, pobre de ella, ya estaba acostumbrada.

Aquel día habían llegado hasta una isla perdida, habitada por un pueblo indígena que guardaba un antiguo tesoro. Se decía que aquellas riquezas habían pertenecido a sus antepasados durante generaciones y que la isla escondía secretos que ningún forastero debía descubrir.

Pero el Capitán Loro solo veía una cosa.

Oro.

—¡Tripulación! —gritó mientras señalaba la costa—. ¡Hoy seremos más ricos que todos los reyes que existen y han existido!

Los hombres se miraron entre ellos.

—Capitán, dijiste lo mismo en la última isla —murmuró uno.

—¡Y mira qué poco oro encontramos! —respondió Loro—. ¡Esta vez será diferente!

No tardaron en descubrir que los indígenas no estaban dispuestos a entregar sus riquezas.

La tensión se convirtió en combate.

Espadas contra lanzas. Acero contra armas primitivas. Gritos, golpes y polvo llenaron la costa mientras ambos bandos luchaban al filo de la vida.

El Pirata Loro avanzaba entre sus enemigos blandiendo su espada.

—¡Apartaos, miserables! ¡Estáis ante el terror de los siete mares!

Uno de sus hombres recibió un golpe y cayó al suelo.

—¡Capitán!

—¡No os preocupéis! —gritó Loro—. ¡Esto no es más que el principio de mi gloriosa victoria!

Después de una larga pelea, los indígenas terminaron retrocediendo.

Heridos y agotados, los piratas consiguieron llegar hasta el lugar donde se encontraba el tesoro.

Pero no era un simple montón de monedas.

El oro, las joyas y las piedras preciosas estaban colocados alrededor de un antiguo altar. Los indígenas habían ofrecido aquellas riquezas a sus dioses.

Loro se quedó mirando el tesoro con los ojos muy abiertos.

—¿Todo esto… es para unos dioses?

Sonrió.

—Pues hoy los dioses tendrán que conformarse con mis sobras.

Sus hombres comenzaron a recoger las riquezas.

Sin embargo, los indígenas observaban en silencio.

No gritaban.

No atacaban.

Simplemente miraban.

Y eso hizo que uno de los piratas sintiera un escalofrío.

—Capitán… deberíamos marcharnos.

—¿Por qué?

—Porque creo que están esperando algo.

Loro soltó una carcajada.

—¡Que esperen! ¡Ya pueden contarle a sus dioses que el Capitán Loro estuvo aquí!

Su voz retumbó por toda la isla.

Los indígenas levantaron la mirada hacia el cielo.

El pirata y su tripulación abandonaron la isla con el tesoro, dejando atrás únicamente sus huellas, algunas propiedades que no habían podido llevarse y el eco de las palabras del Capitán Loro.

Pero cuando el barco desapareció en el horizonte…

La isla quedó completamente en silencio.

Entonces, desde las profundidades de la selva, se escuchó un sonido.

Un rugido.

Los indígenas se arrodillaron.

Los dioses habían despertado.

Y el tesoro que el Capitán Loro había robado…

No era un tesoro.

Era una advertencia.

Si quieres, puedo �⁠continuar con el Capítulo 2, haciendo que descubramos qué era realmente el tesoro y por qué los dioses comenzaron a perseguir al Capitán Loro. filamente.

Las velas estaban hinchadas por el viento y el mar apenas tenía olas. En la cubierta, los piratas celebraban su victoria.

Habían conseguido cofres llenos de monedas de oro, piedras preciosas, objetos antiguos y extrañas figuras talladas en piedra.

El Capitán Loro estaba sentado sobre uno de los cofres, contando las monedas.

—Una para mí… dos para mí… tres para mí…

—Capitán —dijo uno de sus hombres—, ¿no deberíamos repartir el tesoro?

Loro levantó lentamente la cabeza.

—¿Repartir?

—Sí.

—Claro que sí.

El pirata sonrió.

—¡Qué generoso!

—Una moneda para ti.

—¿Y las demás?

—Las demás las repartiré entre todos.

—¿Y usted?

Loro se señaló el pecho.

—Yo soy el capitán. Mi parte es… ¡todo lo demás!

La tripulación protestó.

Loro soltó una carcajada.

Pero entonces ocurrió algo extraño.

Una de las figuras de piedra que habían recogido de la isla comenzó a emitir un ligero brillo.

Nadie lo vio.

Nadie excepto un joven grumete que estaba limpiando la cubierta.

Se acercó lentamente.

—Capitán…

—¿Qué quieres?

—Esa piedra…

Loro miró.

La figura tenía forma de pájaro.

Un pájaro con las alas extendidas y unos ojos demasiado grandes.

—¿Qué tiene?

—Creo que… está llorando.

Loro soltó una carcajada.

—¡Las piedras no lloran, muchacho!

Pero cuando volvió a mirar…

Dos gotas negras descendían por el rostro de la estatua.

El viento se detuvo.

Las velas quedaron completamente quietas.

Y entonces, desde el interior de uno de los cofres, se escuchó un golpe.

Toc.

Todos quedaron en silencio.

Toc. Toc.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó un pirata.

Loro se levantó lentamente.

—Debe ser… el oro.

—¿El oro golpea los cofres?

—Este oro es de calidad.

Otro golpe.

TOC.

Esta vez fue mucho más fuerte.

Uno de los piratas retrocedió.

—Capitán, yo no abriría ese cofre.

—Precisamente por eso voy a abrirlo.

Loro agarró la espada, levantó la tapa y…

No había oro.

Dentro había un objeto envuelto en una tela oscura.

Loro retiró la tela.

Era un pequeño medallón de piedra.

En el centro tenía grabado el mismo pájaro que aparecía en la estatua.

Y debajo había unos símbolos desconocidos.

El grumete se acercó.

—¿Qué significa?

Loro examinó los símbolos.

—Fácil.

Todos esperaron.

—Significa que… es muy antiguo.

—¡Capitán!

—¿Qué? ¡Es evidente!

Pero uno de los piratas, que había estudiado mapas y lenguas antiguas, observó el medallón.

Su rostro cambió.

—Yo conozco esos símbolos.

Todos se volvieron hacia él.

—¿Qué dicen?

El hombre tragó saliva.

—No es una inscripción para proteger el tesoro.

—¿Entonces?

—Es una advertencia.

Loro sonrió.

—¿Y qué dice?

El pirata levantó la mirada.

—"Quien tome el tesoro despertará a los guardianes."

Nadie dijo una palabra.

Entonces el mar comenzó a cambiar.

Una enorme ola golpeó el barco.

Los piratas cayeron al suelo.

—¡Capitán! ¡Algo viene por estribor!

Loro corrió hasta el borde.

A lo lejos, bajo la superficie del agua, algo gigantesco se movía.

Primero apareció una sombra.

Después otra.

Y finalmente…

Dos enormes ojos amarillos emergieron del mar.

La criatura era tan grande que su cabeza parecía una pequeña isla.

Los piratas comenzaron a gritar.

—¡NOS VA A COMER!

—¡TODOS A LOS CAÑONES!

—¡NO TENEMOS SUFICIENTE PÓLVORA!

Loro, sin embargo, permaneció inmóvil.

Miraba fijamente a la criatura.

—Interesante…

—¿INTERESANTE? —gritó uno de sus hombres—. ¡ES UN MONSTRUO!

—Ya lo sé.

—¡¿Y NO VA A HACER NADA?!

Loro desenvainó su espada.

—Claro que sí.

Se subió a uno de los barriles.

—¡Escuchadme, bestia marina!

La criatura abrió la boca.

—¡Este tesoro pertenece ahora al Capitán Loro!

Un silencio absoluto.

La criatura rugió.

El barco entero tembló.

Loro perdió el equilibrio y cayó de espaldas.

—¡Pero podemos negociar!

La criatura golpeó el agua con una de sus enormes extremidades.

Una gigantesca ola levantó el barco y lo lanzó varios metros.

Los cofres comenzaron a deslizarse por la cubierta.

Uno de ellos cayó al mar.

Loro se puso de pie inmediatamente.

—¡EL TESORO!

Se lanzó hacia el cofre.

Consiguió agarrarlo justo antes de que cayera por la borda.

Pero cuando lo levantó…

Vio algo que le heló la sangre.

Dentro del cofre había una pequeña corona de piedra.

Y la corona estaba cubierta de símbolos.

Los mismos símbolos que aparecían en el medallón.

De repente, Loro escuchó una voz.

No venía de ningún pirata.

No venía del monstruo.

Venía de dentro de su cabeza.

"Devuelve lo que robaste."

Loro miró a su alrededor.

—¿Quién ha dicho eso?

Nadie respondió.

"Devuelve el corazón."

Loro abrió los ojos.

—¿El corazón?

Miró el contenido del cofre.

Entre las monedas había una pequeña esfera dorada.

Parecía un corazón humano.

Pero palpitaba.

Pum.

Todos los piratas se quedaron paralizados.

Pum.

La esfera volvió a latir.

Pum.

Y cada latido hizo que el mar se agitara.

Entonces el pirata que sabía leer los símbolos gritó:

—¡Capitán! ¡Ahora lo entiendo!

—¡Pues dilo rápido!

—¡Ese no era el tesoro!

—¿Cómo que no?

—¡Todo lo que hemos robado era una ofrenda!

Señaló la esfera.

—¡Esto es el verdadero tesoro!

Loro miró aquella extraña esfera dorada.

—¿Y qué es?

El hombre respondió con voz temblorosa:

—El corazón de uno de sus dioses.

El rugido de la criatura volvió a escucharse.

Pero esta vez no parecía estar atacando.

Parecía estar llorando.

A lo lejos, en la isla que habían abandonado, los indígenas comenzaron a realizar un antiguo ritual.

El cielo se oscureció.

Una enorme tormenta comenzó a formarse sobre el océano.

Y, entre los relámpagos, apareció una figura gigantesca sobre las nubes.

Un rostro.

Dos ojos.

Y una voz que atravesó el mar entero.

—CAPITÁN LORO.

Todos los piratas cayeron de rodillas.

Todos menos Loro.

El Capitán Loro levantó su espada hacia el cielo.

—¡¿QUÉ QUIERES?!

La voz respondió:

—HAS ROBADO EL CORAZÓN QUE MANTIENE DORMIDOS A LOS DIOSES.

Loro tragó saliva.

—Ah.

Miró a su tripulación.

—Eso explica algunas cosas.

La tormenta se hizo todavía más oscura.

—AHORA TE PERSEGUIREMOS HASTA EL FIN DEL MUNDO.

Un relámpago cayó sobre el mar.

La criatura desapareció bajo las aguas.

Y el barco comenzó a ser arrastrado por una corriente imposible.

Loro apretó el corazón dorado contra su pecho.

Por primera vez en su vida…

No tenía nada que decir.

Hasta que uno de sus hombres preguntó:

—Capitán… ¿qué hacemos?

Loro miró el horizonte.

Sonrió.

Y recuperó su habitual confianza.

—¿Qué vamos a hacer?

Levantó la espada.

—¡Pues encontrar el templo donde podamos devolver este corazón antes de que esos dioses nos encuentren!

El grumete lo miró sorprendido.

—¿Y sabemos dónde está?

Loro se quedó callado.

Miró el mapa.

Después miró al grumete.

—No.

—Entonces estamos perdidos.

Loro sonrió.

—No, muchacho.

Señaló una isla que no aparecía en ningún mapa.

—Estamos justo donde tenemos que estar.

Y en aquel momento, en el horizonte, comenzó a emerger una isla que hasta entonces había permanecido oculta bajo una espesa niebla.

Una isla que no figuraba en ningún mapa.

Una isla que, según las antiguas leyendas…

No existía.

Y allí dejaron el corazón y se libraron de la maldición lo demás del tesoro se lo quedaron


martes, 15 de septiembre de 2026

Capítulo 12 – El Capitán Loro se enamora

Capítulo 12 – El Capitán Loro se enamora

En este capítulo ocurre un cambio muy importante en la vida del Capitán Loro, porque, después de tantas aventuras y peligros en el mar, se enamora de una mujer. Se trata de la mujer que estaba relacionada con el cargamento de muebles antiguos que había transportado en su anterior aventura.

Esta mujer había escuchado muchas historias sobre el Capitán Loro. Había oído hablar de sus viajes, de sus aventuras y de todas las situaciones peligrosas que había vivido. Las historias eran tan fantásticas y extraordinarias que llegó a sentir una gran admiración por él y, poco a poco, se enamoró de él sin haberlo conocido personalmente.

Por ese motivo decidió ir a buscarlo a Vizcaya, donde sabía que el Capitán Loro tenía su casa. Emprendió el viaje en un barco, acompañada por varios marineros, como una navegante normal. Su intención no era enfrentarse a él ni causarle ningún problema, sino encontrarlo y declararle su amor.

Cuando finalmente llegó a Vizcaya, consiguió encontrar al Capitán Loro. Para él fue una gran sorpresa, porque no conocía de nada a aquella mujer y nunca se había encontrado en una situación parecida. Ella le explicó que había oído hablar de sus aventuras y que, después de conocer todas aquellas historias, se había enamorado de él y quería casarse con él.

El Capitán Loro se quedó muy sorprendido y se estremeció al escuchar que una mujer quería casarse con él sin haberlo conocido antes. Él no quiso tomar una decisión tan importante de inmediato. Pensó que primero tenían que conocerse y saber cómo era cada uno. Por eso le ofreció un vaso y le dijo que comenzaran por conocerse y hablar.

A partir de aquel primer encuentro comenzó una relación entre los dos. Al principio fue una relación de amistad, pero poco a poco esa amistad se hizo cada vez más fuerte. Pasaron mucho tiempo juntos, hablaron de sus vidas y fueron descubriendo sus gustos, sus pensamientos y sus sentimientos. Con el paso del tiempo, aquella amistad terminó convirtiéndose en amor.

El amor no apareció de repente, sino que fue creciendo poco a poco a lo largo de los años. El Capitán Loro, que había pasado gran parte de su vida viajando y viviendo aventuras, descubrió que también podía ser feliz llevando una vida más tranquila junto a la mujer que amaba.

Finalmente, llegó el momento en que el Capitán Loro también quiso demostrarle sus sentimientos. Se declaró ante ella y le entregó un anillo de oro, con el que le pidió matrimonio. Ella aceptó y los dos decidieron casarse.

La boda supuso el comienzo de una nueva etapa para el Capitán Loro. Después de tantos viajes y aventuras, decidió establecerse en su casa de Vizcaya junto a su esposa. Por fin podía disfrutar de una vida más tranquila y tener un hogar.

Sin embargo, durante la boda ocurrió algo inesperado. Apareció de repente el antiguo enemigo del Capitán Loro, el capitán que decía que los muebles antiguos que había transportado eran suyos. Este hombre todavía estaba enfadado por lo sucedido anteriormente y apareció dispuesto a causar problemas.

A pesar de su aparición, la boda no llegó a convertirse en una gran pelea. Los marineros del Capitán Loro estaban presentes y se encargaban de proteger la seguridad del lugar. Cuando el antiguo enemigo intentó causar problemas, fueron ellos quienes actuaron.

Esta vez, el Capitán Loro no tuvo que enfrentarse personalmente a él. Sus marineros lo echaron por la fuerza y finalmente lo detuvieron y lo encarcelaron. De esta manera, consiguieron impedir que aquel hombre pudiera arruinar la boda.

Finalmente, el Capitán Loro pudo casarse y comenzar su nueva vida junto a la mujer que amaba. Después de tantas aventuras, persecuciones y combates, encontró algo completamente diferente: el amor, la tranquilidad y un hogar en Vizcaya.

Este capítulo es especialmente importante porque muestra una nueva etapa en la vida del Capitán Loro. Ya no vive solamente para viajar y enfrentarse a peligros en el mar, sino que también encuentra el amor y decide compartir su vida con la mujer que ha llegado hasta Vizcaya para conocerlo.

Capítulo 11 – El Capitán Loro y la entrega


Capítulo 11 – El Capitán Loro y la entrega

En este capítulo, el Capitán Loro recibe un nuevo trabajo que consiste en transportar una mercancía muy valiosa. Se trata de un cargamento de mobiliario antiguo, formado por muebles de gran valor que debe llevar desde Inglaterra hasta América. El viaje parece al principio un trabajo normal, pero pronto se convierte en una aventura peligrosa, porque varios barcos empiezan a perseguirlo durante el trayecto.
Los barcos que lo persiguen tienen la intención de robar la mercancía. Entre ellos se encuentra el barco de un capitán llamado Servido, que asegura que aquellos muebles habían sido suyos. Según explica, los había perdido después de un desahucio, y posteriormente habían terminado en una subasta. Servido considera que tiene derecho a recuperarlos y, por ese motivo, decide perseguir al Capitán Loro para quitárselos.
Servido no se conforma con seguirlo a distancia, sino que intenta alcanzarlo rápidamente para poder atacar su barco. Su objetivo es apoderarse de los muebles, saquear el barco del Capitán Loro e incluso hundirlo si es necesario. Durante la persecución, la tensión aumenta cada vez más, porque el Capitán Loro sabe que, si los piratas consiguen acercarse, tendrá que defenderse.
Cuando finalmente los barcos se enfrentan, comienza una larga batalla. Los hombres de Servido atacan al Capitán Loro y a su tripulación, y los combates llegan a ser cuerpo a cuerpo. Servido utiliza un silbido que hace con la boca para llamar y dar órdenes a los miembros de su tripulación. De esta manera, consigue organizar los ataques y mantener la lucha durante bastante tiempo.
El Capitán Loro tiene que utilizar toda su experiencia para conseguir escapar. La batalla es muy dura y peligrosa, pero finalmente consigue una solución para librarse de sus perseguidores: hunde el barco pirata de Servido. De esta forma, logra poner fin al enfrentamiento y puede continuar su viaje con la mercancía.
Después de todo lo ocurrido, el Capitán Loro consigue llegar a América y cumplir con su misión. Los muebles son entregados a la persona que debía recibirlos, por lo que consigue completar el trabajo a pesar de todos los peligros que ha tenido que superar durante el viaje.
Sin embargo, Servido y algunos de sus hombres todavía han conseguido sobrevivir. Servido queda en el agua y empieza a pedir auxilio. El Capitán Loro lo escucha, pero decide no ayudarlo. No confía en él y piensa que su petición de ayuda es solamente una estrategia para tener otra oportunidad de atacar. Por eso le dice que no piensa auxiliarlo y que tendrá que arreglárselas solo.
Servido, enfadado, le promete al Capitán Loro que se vengará de él si consigue sobrevivir. El Capitán Loro no se deja intimidar y le responde que puede vengarse cuando quiera, siempre que consiga salir con vida de aquella situación.
En este momento también se conoce mejor la personalidad de Servido. Se descubre que es una persona deshonesta y usurera, acostumbrada a aprovecharse de los demás. Muchas veces utilizaba cosas que pertenecían a otras personas y no las devolvía. Con el dinero hacía algo parecido, porque siempre tenía deudas y debía dinero a distintas personas, pero nunca cumplía con sus obligaciones ni pagaba lo que debía. Por eso había acabado teniendo problemas con otras personas.
Después de toda esta peligrosa aventura, el Capitán Loro decide alejarse del lugar. Ya ha cumplido su trabajo y no tiene ninguna otra misión pendiente. Así que pone rumbo hacia Vizcaya, donde había comprado una casa.
El Capitán Loro tiene ganas de descansar y disfrutar de una vida más tranquila durante un tiempo. Después de tantos peligros, persecuciones y combates, quiere quedarse en casa y olvidarse de las aventuras. En ese momento no tiene ningún nuevo trabajo, ningún mapa que seguir ni ninguna misión que realizar. Por eso decide disfrutar de su hogar y esperar tranquilamente hasta que aparezca una nueva aventura que le vuelva a interesar.
Así termina este capítulo, con el Capitán Loro alejándose del lugar y regresando a Vizcaya, satisfecho por haber conseguido completar su misión y escapar de sus peligrosos perseguidores.

Capítulo 10 Capitán Loro Regreso a Vizcaya

Capítulo 10

El regreso a Vizcaya

El capitán Loro regresaba de la India rumbo a Vizcaya. El barco navegaba cargado de sedas, trajes, vestidos y especias, además del oro que les había sobrado de sus negocios. Parecía que el viaje llegaría a buen puerto, pero de repente divisaron otro barco en el horizonte.

Era un barco pirata.

Los piratas los perseguían con malas intenciones. Querían robarles las sedas, los trajes, los vestidos, las especias y todo el oro que llevaban.

—¡Preparad los cañones! —gritó el capitán Loro.

Los marineros obedecieron y poco después comenzaron a disparar. El enemigo también respondió. Un cañonazo pasó muy cerca, aunque por suerte no acertó.

La noche se hizo larga y peligrosa. Los cañonazos se sucedían, pero ninguno de los dos barcos conseguía acertar con precisión. La niebla y la poca visibilidad hacían que fuera muy difícil apuntar. Sin embargo, una cosa estaba clara: los piratas no pensaban dejar de perseguirlos.

Entonces el capitán Loro tomó una decisión.

—¡Izad las velas! ¡Yo me pongo al timón! ¡Y vosotros, otra vez a remar!

Su ahijada, que estaba junto a la mercancía, gritó:

—¡Salvad las cañas! ¡Al fin y al cabo, son nuestra mercancía y nuestro tesoro!

En aquel momento, el capitán Loro divisó el barco enemigo entre la niebla. Esperó el instante preciso y disparó.

¡BOOOOM!

El cañonazo dio de lleno en el barco pirata.

El enemigo comenzó a inclinarse lentamente hasta que, finalmente, se hundió bajo las aguas.

Pero la batalla todavía no había terminado.

Algunos piratas habían sobrevivido y trataban de agarrarse a las tablas del barco hundido. Nadaban desesperadamente hacia el barco de Loro para intentar abordarlo.

Uno de ellos consiguió subir a cubierta y se abalanzó sobre el capitán. Loro tuvo que luchar contra él mientras otro pirata lograba subir también.

Comenzó entonces una gran pelea.

Fue una lucha dura, peligrosa y llena de coraje. Los marineros defendieron el barco mientras intentaban proteger la valiosa mercancía. Durante unos instantes estuvieron a punto de perder sus tesoros.

Pero finalmente consiguieron vencer a los piratas que habían abordado el barco.

Después de aquella terrible batalla, continuaron su viaje.

Pasaron los días y, por fin, llegaron a Vizcaya.

Una vez allí, Loro buscó a Quisquilla, que había estado guardando parte del tesoro.

—Quisquilla, necesito tu ayuda —le dijo—. ¿Dónde puedo vender todos estos trajes y vestidos? Algunos me los quedaré yo, por supuesto, pero tengo muchísima mercancía. También tengo especias. Tú sabes mucho de negocios. Ayúdame, por favor, a venderlo todo.

Quisquilla aceptó encantado.

Entre los dos comenzaron a comercializar los vestidos, los trajes y las especias que habían traído de la India. Poco a poco, fueron consiguiendo buenos compradores y ganando mucho dinero.

Tanto, que el capitán Loro decidió pensar en el futuro.

Con parte de sus ganancias compró una casa en Vizcaya, justo al lado de la casa de Quisquilla.

—Esta casa será para el futuro —dijo Loro, contemplándola satisfecho.

Después de tantas aventuras, por fin tenía un hogar al que regresar.

Pero, como ambos sabían muy bien, aquella no sería la última aventura del capitán Loro.

Capitán Loro — Capítulo 9: La India y los ataques piratas

Capitán Loro — Capítulo 9: La India y los ataques piratas

Después de su última aventura, el capitán Loro decidió poner a buen recaudo el último tesoro que había conseguido. Se lo entregó a Quisquilla, el recaudador en quien más confiaba.
Quisquilla no solo había conseguido devolverle parte de su riqueza, sino que también había ayudado al capitán a encontrar a un hijo que creía perdido.
—Puedes quedarte con el tesoro, Quisquilla. Sé que estará seguro contigo —dijo Loro.
—No te preocupes, capitán. Yo lo guardaré hasta que vuelvas.
Loro sonrió.
—Entonces nos volveremos a ver.
La tripulación estaba preparada.
—¡Alzad las velas!
Las enormes velas se desplegaron.
—¡Levad anclas!
El barco comenzó a avanzar.
Su destino era un lugar lejano y lleno de misterios.
La India.
Loro había oído hablar de sus magníficas sedas, sus telas de colores imposibles y sus especias. Quería comprar aquellos productos para venderlos en otros lugares y conseguir suficiente dinero para preparar a su tripulación para futuras aventuras.
Pero el capitán todavía no sabía que antes de llegar tendría que enfrentarse a uno de los ataques más peligrosos de su vida.
El ataque de los piratas
Llevaban varios días navegando cuando uno de los marineros gritó desde lo alto del mástil:
—¡¡BARCO A BABOR!!
Loro levantó su catalejo.
A lo lejos se acercaba un barco oscuro.
—¿Es un barco mercante? —preguntó uno de sus hombres.
Loro observó con atención.
—No.
El barco enemigo izó una bandera negra.
—¡Piratas!
La tripulación comenzó a prepararse para el combate.
—¡Cargad los cañones! —ordenó Loro.
Pero entonces se dieron cuenta de algo.
—¡Capitán! ¡No podemos disparar! ¡Los cañones están atascados!
Loro apretó los dientes.
El barco pirata se acercaba cada vez más.
—Entonces lucharemos de otra manera.
Los piratas lanzaron varios garfios que se clavaron en la cubierta.
¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!
—¡Ya están aquí! —gritó un marinero.
Decenas de piratas comenzaron a saltar de un barco al otro.
Loro desenfundó su espada.
—¡Que nadie toque nuestras mercancías!
Un pirata enorme corrió hacia él con un hacha.
Loro esquivó el primer golpe.
¡CLONK!
El hacha se clavó en la madera.
El capitán aprovechó el momento para hacer tropezar al pirata con una cuerda.
—¡Uno menos!
Pero detrás de él aparecieron otros tres.
Loro retrocedió.
—Esto se está poniendo interesante...
Entonces tuvo una idea.
—¡Soltad las redes!
Dos marineros tiraron de unas cuerdas y una enorme red cayó sobre los piratas.
¡PUM!
Varios quedaron atrapados.
Pero otros consiguieron escapar.
Uno de ellos llegó hasta el almacén.
—¡Encontré el tesoro!
—¡No tan rápido! —gritó Loro.
El capitán corrió detrás de él.
El pirata abrió la puerta y se quedó paralizado.
No había ningún tesoro.
Solo había barriles vacíos.
—¿Qué...?
Loro apareció detrás.
—¿Buscabas esto?
Le mostró una pequeña bolsa de monedas.
—¡Cogedlo!
El pirata se lanzó hacia él, pero Loro soltó la bolsa.
El pirata intentó atraparla y cayó directamente sobre una trampa que habían preparado los marineros.
¡ZAS!
Una cuerda le atrapó los pies y lo dejó colgado boca abajo.
—¡Capitán! —gritó un marinero—. ¡Quedan cinco!
Loro miró hacia cubierta.
Los últimos piratas estaban rodeando a su tripulación.
Entonces tuvo otra idea.
—¡Todos al lado derecho del barco!
Los marineros obedecieron.
Los piratas corrieron detrás de ellos.
Cuando estuvieron todos juntos, Loro cortó una cuerda.
Una gran lona cayó desde el mástil y envolvió a los atacantes.
Los piratas quedaron completamente atrapados.
—¡Ahora! —gritó Loro.
Los marineros tiraron de las cuerdas y levantaron la lona.
Los piratas quedaron colgados en el aire.
—¡Creo que habéis elegido el barco equivocado! —rió Loro.
Finalmente, todos los piratas fueron capturados.
La llegada a la India
Después de aquel combate, la tripulación continuó navegando hasta que finalmente divisaron la costa de la India.
Loro bajó del barco y buscó a los mercaderes más prestigiosos.
Encontró sedas magníficas, telas brillantes, especias exóticas y vestidos que parecían hechos para reyes.
El capitán comenzó a negociar.
Intercambió parte de su oro y sus especias por las mejores telas.
Después de horas de negociaciones, consiguió un magnífico cargamento.
—¡Esta mercancía nos dará una fortuna! —dijo uno de sus marineros.
—Eso espero —respondió Loro—. Porque todavía tenemos que regresar al barco.
Y no tardaron en descubrir que el verdadero peligro todavía no había terminado.
La emboscada del bosque
De camino al barco tuvieron que atravesar un enorme bosque.
Loro notó algo extraño.
Los pájaros habían dejado de cantar.
—Parad —susurró.
La tripulación se detuvo.
Entonces...
¡FIIIIUUU!
Una flecha pasó junto a la cabeza de Loro.
—¡Nos atacan!
Decenas de hombres salieron de entre los árboles.
—¡Dejad las mercancías y nadie saldrá herido! —gritó su líder.
Loro miró las telas.
Después miró el bosque.
Sonrió.
—Habéis cometido un error.
—¿Cuál?
—Habéis elegido un bosque en el que yo sé preparar trampas.
Loro señaló unos árboles.
—¡Ahora!
Sus hombres tiraron de varias cuerdas.
¡ZAS!
Una trampa se cerró y atrapó a dos atacantes.
Otros corrieron hacia ellos, pero el suelo cedió bajo sus pies y cayeron en un hoyo cubierto de ramas.
—¡Seguid avanzando! —ordenó Loro.
Los enemigos comenzaron a perseguirlos.
Loro corrió entre los árboles hasta llegar a un claro.
Se detuvo.
—Aquí.
—¿Aquí qué, capitán?
—Aquí termina la persecución.
Los atacantes llegaron al claro.
Entonces Loro cortó una cuerda.
Un tronco enorme cayó delante de ellos.
¡BOOOOM!
Los hombres quedaron atrapados al otro lado.
Pero su jefe consiguió saltar por encima del tronco y se abalanzó sobre Loro.
Comenzaron un feroz duelo de espadas.
¡CLANG! ¡CLANG! ¡CLANG!
El enemigo era rápido.
Loro retrocedió.
Pero entonces recordó algo.
—En una pelea no siempre gana el que tiene la espada más grande.
El capitán soltó su espada.
El enemigo se quedó sorprendido.
Loro agarró una cuerda que había dejado preparada y tiró con fuerza.
El atacante cayó de espaldas.
La tripulación corrió hacia él y lo capturó.
Los demás, al ver derrotado a su líder, huyeron despavoridos hacia el bosque.
Loro recogió su espada.
—Bueno... ¿nos vamos?
—¡Nos vamos!
Y así, después de dos ataques, una batalla naval, varias trampas y un duelo de espadas, el capitán Loro y su tripulación llegaron finalmente al barco.
Cargaron las sedas, las telas, los vestidos y las especias.
Loro subió a cubierta y miró hacia el horizonte.
—¡Levad anclas!
Las velas se alzaron.
El barco comenzó a alejarse de la India.
Pero mientras el sol desaparecía en el horizonte, uno de los marineros vio algo extraño.
Un barco oscuro los seguía desde lejos.
—Capitán...
Loro levantó el catalejo.
Su sonrisa desapareció.
—Parece que aquellos piratas no eran los únicos que nos estaban buscando.
Y la siguiente aventura estaba a punto de comenzar.

Capítulo VIII Las Deudas De quisquilla

Capítulo 8 : Las deudas de Quisquilla

Capitán Loro había resuelto el problema de la Joya de la Corona, aquella joya robada cuyo delito habían intentado atribuirle. Apenas tuvo tiempo de respirar, sin embargo, cuando apareció un asunto completamente distinto.

Esta vez se trataba de Quisquilla.

¿Quién era Quisquilla?

Un inmundo, un hombre que parecía haber nacido para protestar contra todo y contra todos. Sin embargo, detrás de su manera brusca de hablar había mucho más. Quisquilla era amigo de Loro desde hacía muchos años, desde que este apenas era un crío.

Por entonces, Quisquilla estaba mucho más sano que ahora. Tenía conocimientos de astrología y navegación, y había enseñado a Loro muchas cosas que aún conservaba en la memoria. Sabía leer las estrellas, orientarse en el mar y comprender los caprichos del viento como si fueran mensajes escritos para él.

Loro no había olvidado aquellos años.

Recordaba su voz grave corrigiéndolo con paciencia cuando confundía una constelación, el olor salado de sus manos después de una jornada en el puerto y la manera en que señalaba el cielo, como si las estrellas fueran viejas conocidas. También recordaba que, cuando tenía miedo, Quisquilla nunca se burlaba de él. Se limitaba a darle una palmada en el hombro y a decirle que hasta el marinero más valiente necesitaba, alguna vez, que alguien le mostrara el rumbo.

Tampoco había olvidado las fiestas que se celebraban en casa de Quisquilla. Por aquel entonces, la vivienda se llenaba de gente, comida, bebida y música. Loro acudía muchas veces como invitado y, en algunas ocasiones, incluso había trabajado allí como guardia de seguridad.

Aún podía recordar el calor de la cocina, el tintineo de las copas y las carcajadas que escapaban por las ventanas abiertas. Quisquilla siempre encontraba un motivo para celebrar, aunque fuera pequeño: una buena pesca, un viaje terminado sin desgracias o, simplemente, que todos sus amigos hubieran regresado a casa.

Pero los años habían pasado.

Y la vida de Quisquilla había cambiado.

Estaba harto.

Harto de que personas que apenas lo conocían hablaran de él. Harto de las envidias. Harto de haber trabajado durante años para conseguir algo y descubrir después que, poco a poco, todo había desaparecido.

Una tarde, delante de una taberna, Loro se encontró con él.

Quisquilla estaba sentado bajo un toldo descolorido. Parecía más pequeño que antes, encorvado sobre la mesa, con los hombros vencidos y el rostro surcado por arrugas que Loro no recordaba. El aire olía a vino derramado, madera húmeda y humo de carbón.

Sobre la mesa había una botella de vino y dos copas.

Loro se sentó frente a él. Durante unos instantes, ninguno dijo nada. El silencio no resultaba incómodo; era el silencio de quienes se conocen desde hace tanto tiempo que no necesitan llenar cada pausa.

Durante un rato no hablaron de problemas, investigaciones ni robos. Hablaron de los viejos tiempos.

Recordaron las aventuras de juventud, las fiestas, las noches interminables y aquellos días en que Quisquilla todavía podía enseñar a Loro a orientarse mirando las estrellas.

Quisquilla imitó la voz de un antiguo capitán y Loro soltó una carcajada. Después ambos se quedaron sonriendo, sorprendidos de encontrar todavía aquel sonido entre tantos años de cansancio. El vino era áspero y barato, pero por un momento les supo como el de las celebraciones de antaño.

Por primera vez en mucho tiempo, Quisquilla se rio de verdad.

La risa le tembló al principio, como si hubiera olvidado cómo hacerlo, pero luego se volvió más profunda. Loro observó cómo se le iluminaban los ojos y sintió una punzada en el pecho al comprender cuánto tiempo llevaba su amigo sin reír así.

Aquella conversación fue un descanso para él.

Durante unos minutos, Quisquilla no fue un hombre arruinado ni un anciano perseguido por los recuerdos. Volvió a ser el amigo que conocía las estrellas, el anfitrión de las grandes fiestas y el hombre que había enseñado a Loro a no perderse en el mar.

Hasta que, finalmente, Loro le preguntó qué había ocurrido.

La sonrisa desapareció poco a poco. Quisquilla bajó la mirada y pasó el pulgar por el borde de la copa. El cristal emitió un leve chirrido.

—¿Cómo has caído tan bajo? —preguntó Loro—. Bien que te iba la vida. ¿Cómo has terminado así?

Quisquilla tardó unos segundos en contestar. Respiró hondo, pero el aire pareció quedarse atrapado en su pecho.

—Pobre, sí. Soy pobre. Pero no porque no haya trabajado. Me han ido quitando las cosas poco a poco. Me han robado durante años. Y lo peor es que ni siquiera me daba cuenta.

Loro lo observó en silencio. Quiso decir algo, pero vio el temblor de sus manos y comprendió que cualquier palabra apresurada podía hacerle más daño.

—¿Quién?

Quisquilla soltó una amarga carcajada. No había humor en ella, solo cansancio.

—Eso quisiera saber yo.

Miró sus propias manos. Eran ásperas, marcadas por el trabajo, con pequeñas cicatrices y manchas que parecían contar una historia distinta de la que contaban sus bolsillos.

—Todo lo que gané, todo lo que sufrí para conseguirlo... me lo han ido quitando. Solo me queda el sufrimiento. Y esta ropa.

Loro sintió que la rabia le subía por la garganta. Recordó aquellas manos guiándolo sobre una cubierta mojada, señalándole el norte en una noche sin luna. Recordó también que, cuando era un muchacho, Quisquilla había pagado una deuda que no le correspondía y había permanecido a su lado cuando todos los demás se marcharon.

Loro apretó los dientes.

—Entonces averiguaré quién te lo hizo.

—No te metas en líos por mí.

—No.

Quisquilla levantó la mirada. En sus ojos había preocupación, pero también una esperanza que intentaba ocultar.

—¿No?

—No voy a meterme en líos por ti. Voy a meterme en líos por todos los años que tú te metiste en los míos.

Quisquilla sonrió débilmente. Sus ojos se humedecieron, aunque fingió que solo le molestaba el humo de la taberna.

—Sigues siendo un cabezota.

—Eso me lo enseñaste tú.

—Yo te enseñé a leer las estrellas.

—Y también a no abandonar a un amigo.

Durante un instante, Quisquilla no respondió. Extendió la mano sobre la mesa y la dejó junto a la de Loro. Sus dedos se rozaron apenas, pero aquel contacto bastó para decir lo que ninguno se atrevía a pronunciar.

Loro aún no lo sabía, pero aquella conversación iba a cambiarlo todo.

Quería devolverle a Quisquilla una parte de lo que este había hecho por él en los buenos tiempos. No podía devolverle los años perdidos ni borrar el cansancio de su rostro, pero sí impedir que quienes lo habían traicionado siguieran caminando tranquilos. Por eso comenzó a investigar.

Primero acudió a los viejos amigos de Quisquilla.

Algunos recordaban perfectamente aquellas fiestas de antaño. Recordaban a los invitados, las conversaciones y, sobre todo, algo que se repetía demasiado:

—Quisquilla tiene muchísimo dinero.

—Quisquilla siempre consigue lo que quiere.

—Yo no sé de dónde saca tanto.

—Algún día se quedará sin nada.

Aquellas frases parecían inocentes.

Pero Loro sabía que la envidia rara vez lo era.

Uno de los antiguos invitados, un comerciante llamado Berrueco, había estado presente en casi todas las fiestas importantes. Siempre se sentaba cerca del despacho de Quisquilla y era el primero en enterarse de cada compra, cada préstamo y cada viaje. Otro, el escribano Montalvo, había redactado varios contratos para Quisquilla y, según una camarera, solía llevarse los documentos a casa antes de que nadie pudiera revisarlos. También aparecía con frecuencia el nombre de Salcedo, un antiguo socio que había desaparecido justo después de que una de las propiedades cambiara de dueño.

Loro anotó aquellos nombres.

No eran simples rumores. Eran las primeras piezas de un mismo dibujo.

Comenzó a investigar a aquellas personas.

Primero de manera formal: preguntando, revisando documentos, comprobando viejos negocios y siguiendo los movimientos que aún podían reconstruirse.

Después, de manera informal.

Habló con camareros.

Preguntó a antiguos trabajadores.

Se sentó en tabernas donde nadie lo conocía.

Escuchó conversaciones.

Siguió rumores.

Y, cuando una pista parecía llevarlo a un callejón sin salida, buscaba otra.

Poco a poco descubrió que la fortuna de Quisquilla no había desaparecido de golpe.

Había desaparecido en pequeñas cantidades.

Un negocio aquí.

Un préstamo allá.

Una deuda que jamás se pagó.

Una propiedad que cambió de manos.

Un socio que desapareció.

Un amigo que dejó de contestar.

En varios documentos aparecía la misma marca: una pequeña estrella de ocho puntas dibujada junto a las firmas. Loro la había visto antes, grabada en el anillo de Berrueco y estampada en el sello de Montalvo. Aún no podía demostrar qué significaba, pero ya no creía en las coincidencias.

Eran demasiadas casualidades.

Loro empezó a sospechar que no había habido un único ladrón.

Quizá alguien había creado una red alrededor de Quisquilla.

Una red formada por personas que lo conocían, sabían cuánto tenía y habían esperado pacientemente el momento adecuado para quitarle una pequeña parte cada vez.

Pero cuanto más investigaba, más extrañas se volvían las cosas.

Una noche encontró una pista especialmente importante. En un registro antiguo descubrió que varias de las deudas de Quisquilla habían sido compradas por una misma compañía, una empresa sin oficinas conocidas cuyo representante legal era Montalvo. El dinero, sin embargo, terminaba siempre en cuentas relacionadas con Berrueco y Salcedo.

Al salir del archivo, Loro encontró una estrella de ocho puntas dibujada en el marco de la puerta. No estaba allí cuando había entrado. La tinta aún brillaba, húmeda, bajo la luz de la luna.

Se acercó sin tocarla.

En el centro de la estrella alguien había trazado una línea vertical, como una grieta.

Loro miró a ambos lados de la calle. Las ventanas estaban cerradas. Una cortina se movió en el piso superior de una casa y volvió a quedarse inmóvil.

Guardó el registro bajo el abrigo.

Y entonces cometió un error.

Miró hacia atrás.

Nadie.

Continuó caminando.

Volvió a mirar.

Esta vez vio una sombra al final de la calle.

Loro se detuvo.

La sombra también.

El viento movió ligeramente una vieja lámpara sobre su cabeza. La luz amarillenta tembló sobre los adoquines y, por un instante, Loro recordó la voz de Quisquilla diciéndole que incluso en la oscuridad siempre había que saber dónde estaba el norte.

Loro metió la mano en el bolsillo y continuó andando como si no hubiera notado nada.

Aceleró el paso.

La sombra también.

Al doblar la esquina, oyó el roce de una suela contra la piedra. Después, un silbido breve, idéntico al que Berrueco había utilizado aquella tarde para llamar a uno de sus hombres.

Loro se detuvo junto a una puerta cerrada. En la madera, apenas visible bajo la suciedad, alguien había dibujado la misma estrella de ocho puntas.

Entonces comprendió que no se trataba solo de una advertencia.

Sabían que había encontrado los nombres.

Y ya no querían limitarse a seguirlo.

No era el único que investigaba.

Alguien lo estaba siguiendo.

Loro decidió no regresar directamente a la taberna. Si la sombra pertenecía a uno de los hombres de Berrueco, llevarlo hasta Quisquilla habría sido una imprudencia. Tomó una calle estrecha, cruzó un mercado cubierto y se mezcló con los últimos vendedores que recogían sus puestos.

Sin embargo, la presencia continuó detrás de él.

No avanzaba con la torpeza de un matón. Era paciente. Mantenía siempre la misma distancia y desaparecía cada vez que Loro se volvía. Aquello le indicó que no se trataba de alguien enviado para atacarlo, sino de una persona que quería observarlo y descubrir hasta dónde había llegado.

Durante los días siguientes, Loro cambió sus costumbres. Utilizó caminos distintos, visitó archivos a horas inesperadas y dejó documentos falsos en lugares donde sabía que podían ser encontrados. En uno de ellos escribió que había descubierto una cuenta secreta a nombre de Montalvo. En otro afirmó que Salcedo había regresado a la ciudad.

La reacción no tardó en llegar.

Montalvo abandonó su casa antes del amanecer.

Berrueco envió a dos hombres al archivo.

Y alguien entró en la habitación de Loro mientras él estaba fuera, aunque no se llevó nada. Solo dejó sobre la mesa una nota escrita con tinta azul:

«Deja de buscar lo que no te pertenece».

Loro examinó el papel. La letra era firme y elegante, muy distinta de la escritura apresurada de un delincuente común. En la esquina inferior había una pequeña estrella de ocho puntas.

Pero aquella vez la estrella estaba incompleta.

Le faltaba una de sus puntas.

Loro acercó la nota a la lámpara. Bajo la tinta azul apareció una segunda marca, casi invisible: la misma estrella, trazada con tinta roja, pero invertida. Sintió un escalofrío. No era una firma. Era una señal para alguien que conocía un código.

Y alguien había entrado en su habitación sin llevarse nada porque quería que él la encontrara.

Loro cerró la puerta con llave y permaneció inmóvil, escuchando.

Desde el pasillo llegó un crujido.

Luego otro.

No había nadie cuando abrió, pero en el suelo, junto al umbral, encontró una astilla de madera húmeda y una huella estrecha. La persona que había dejado la nota seguía cerca.

Aquella noche no durmió.

Recordó entonces un detalle que había pasado por alto. En las antiguas listas de invitados de Quisquilla, junto a varios nombres, aparecía una marca idéntica. No estaba junto a Berrueco, Montalvo ni Salcedo, sino al lado de una invitada cuyo nombre había sido tachado.

Solo quedaban algunas letras:

E...lia V...

Loro regresó al archivo y pidió revisar los registros de las fiestas. Después de varias horas encontró un retrato antiguo entre los documentos de una celebración celebrada quince años atrás.

La mujer aparecía de perfil, con un vestido oscuro y un pañuelo bordado alrededor del cuello. En una esquina del pañuelo podían distinguirse dos iniciales: E. V.

Loro comprendió que alguien había estado ocultando su identidad desde el principio.

Pero antes de poder averiguar quién era, oyó un ruido en el pasillo.

Desenvainó la espada.

El picaporte bajó lentamente.

Loro retrocedió hasta quedar junto a la mesa. El retrato tembló entre sus dedos. Durante un segundo pensó que la puerta no se abriría. Después, la madera estalló hacia dentro.

Una figura encapuchada entró en la habitación. Loro apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que una hoja chocara contra la suya.

El desconocido atacaba con rapidez, pero no con intención de matar. Sus golpes eran precisos y medidos, como si quisiera obligarlo a retroceder. Loro respondió con la misma cautela, hasta que ambos salieron al patio trasero del archivo.

La lucha continuó bajo la lluvia.

El encapuchado conocía bien la espada. Loro consiguió desarmarlo con un giro inesperado, pero, cuando intentó sujetarlo, la figura se apartó y el capuchón cayó al suelo.

Era un joven.

Tenía el rostro anguloso, los ojos oscuros y una expresión de furia contenida. Se parecía tanto a Quisquilla que Loro se quedó inmóvil.

El muchacho aprovechó la sorpresa para recuperar su espada, pero no volvió a atacar.

—¿Quién eres? —preguntó Loro.

—El hijo de Quisquilla.

Loro bajó lentamente la espada.

—Quisquilla no tiene hijos.

—Eso es lo que él cree.

El joven se llamaba Darío. Había sido criado lejos de la ciudad por una mujer que había trabajado para Quisquilla muchos años atrás. Según ella, Quisquilla había tenido una relación con su madre, pero nunca llegó a saber que estaba embarazada. Antes de morir, la mujer le entregó una caja con cartas, documentos y una vieja llave.

Darío había regresado para descubrir la verdad.

También había seguido a Loro porque creía que él estaba relacionado con el robo de la fortuna de su padre.

—No quería hacerte daño —dijo Darío—. Solo necesitaba saber qué habías descubierto.

—Me has seguido durante días.

—Porque tú también seguías a alguien.

—¿A quién?

Darío miró el retrato que Loro aún sostenía en la mano.

—A la mujer que se llevó el dinero.

Loro sintió que todas las piezas comenzaban a encajar.

Darío le explicó que su madre había mencionado varias veces a una mujer llamada Emilia Valcárcel. Había sido una invitada habitual en las fiestas de Quisquilla y conocía sus negocios, sus propiedades y sus cuentas. También había mantenido relaciones con Berrueco, Montalvo y Salcedo.

Pero, según las cartas, no era una simple cómplice.

Era quien había diseñado el plan.

Emilia había convencido a los demás de que podían enriquecerse sin levantar sospechas. Cada uno se encargaría de una parte: contratos falsos, préstamos impagados, propiedades transferidas y cuentas ocultas. Sin embargo, mientras ellos creían estar recibiendo su parte, Emilia desviaba la mayor cantidad de dinero hacia una red de cuentas que solo ella controlaba.

Después había provocado la desaparición de Salcedo y había hecho que Berrueco y Montalvo desconfiaran entre sí.

—¿Y por qué me seguías? —preguntó Loro.

—Porque pensé que querías quedarte con el dinero.

—Yo solo quiero devolvérselo a tu padre.

Darío apretó la mandíbula.

—Entonces tenemos el mismo objetivo.

Loro no bajó del todo la espada.

—Si es verdad, dime qué había en la caja.

Darío lo miró con desconfianza. Durante un instante, la lluvia fue el único sonido entre ambos.

—Cartas de mi madre. Una llave. Y una advertencia.

—¿Qué advertencia?

Darío sacó del abrigo un papel doblado y lo lanzó al suelo, entre los dos. En él aparecía dibujada la estrella de ocho puntas, con una de sus puntas rota.

—«Si alguien pregunta por Quisquilla, no confíes en quien conozca el cielo».

Loro sintió que el estómago se le cerraba. La frase no tenía sentido, pero Quisquilla le había enseñado a leer las estrellas. ¿Era una amenaza dirigida a él? ¿O una pista que llevaba años esperando ser comprendida?

—Podrías estar trabajando para Emilia —dijo Loro.

Los ojos de Darío se endurecieron.

—Y tú podrías estar trabajando para los hombres que arruinaron a mi padre.

—Entonces ninguno de los dos tiene motivos para confiar.

—Pero sí para seguir vivos.

Un ruido metálico resonó al otro lado del patio.

Ambos se volvieron.

Sobre el muro apareció una sombra. Después otra. Alguien había cerrado la salida principal del archivo y estaba rodeando el patio.

Darío levantó la espada.

—¿Los has traído tú?

—No.

—Entonces ya saben que estamos juntos.

Una piedra atravesó la lluvia y golpeó la pared junto a la cabeza de Loro. En su superficie estaba grabada la estrella de ocho puntas.

Loro comprendió que el enfrentamiento no había sido una casualidad. Darío no lo había atacado para matarlo; lo había obligado a salir del archivo antes de que los hombres de Emilia entraran por la puerta trasera.

—Por allí —dijo Darío, señalando una escalera estrecha.

—¿Y por qué debería seguirte?

—Porque si te quedas, te matarán.

—¿Y tú?

Darío sonrió sin humor.

—A mí llevan años intentando hacerlo.

Corrieron hacia la escalera mientras las sombras saltaban al patio. Loro cubrió la retirada y Darío abrió una puerta oxidada que daba a los tejados. Detrás de ellos, una voz gritó que entregaran los documentos.

Loro se detuvo un instante.

—¿Qué documentos?

Darío lo miró.

—Los que todavía no hemos encontrado.

Y ambos desaparecieron bajo la lluvia.

No confiaban plenamente el uno en el otro, pero comprendían que necesitaban colaborar. Loro conocía la ciudad y tenía experiencia investigando. Darío poseía las cartas de su madre y la llave que podía abrir una caja de seguridad mencionada en uno de los documentos.

Juntos siguieron las pistas hasta una antigua casa situada junto al puerto. Allí encontraron la caja escondida bajo una tabla del suelo. Dentro había registros de cuentas, copias de contratos y una lista completa de los invitados de Quisquilla.

En la última página aparecía el nombre de Emilia Valcárcel junto a una anotación:

«La única que conoce el destino de todo el dinero».

También había un pañuelo bordado con las iniciales E. V.

Loro y Darío llevaron los documentos a las autoridades. La investigación se extendió durante semanas. Berrueco y Montalvo fueron interrogados, y ambos intentaron culparse mutuamente. Salcedo apareció finalmente en otra ciudad y confesó que había huido al descubrir que Emilia pensaba eliminarlo.

Las historias eran contradictorias y, durante un tiempo, nadie pudo determinar con exactitud quién había robado cada cantidad ni qué parte había recibido cada cómplice.

Pero una cosa estaba clara: Emilia Valcárcel había organizado el plan.

La encontraron cuando intentaba abandonar la ciudad. Durante la huida dejó caer el pañuelo bordado con sus iniciales. En su equipaje llevaba el retrato de la antigua lista de invitados y varios documentos que demostraban que había controlado las cuentas secretas.

No pudo negarlo.

Emilia fue procesada y condenada a prisión. Además, tuvo que devolver todo el dinero robado, junto con los intereses correspondientes. Las propiedades fueron restituidas y las cuentas recuperadas permitieron reconstruir gran parte de la fortuna de Quisquilla.

No todo pudo recuperarse.

Algunas cantidades habían desaparecido para siempre y otras se habían gastado durante los años de engaño. Pero Quisquilla volvió a tener una casa, parte de sus bienes y, sobre todo, la certeza de que no había sido olvidado.

Cuando Darío se presentó ante él, Quisquilla tardó varios minutos en hablar.

Lo miró como si estuviera contemplando un recuerdo imposible.

Después se acercó y le puso una mano en el hombro.

—Tienes los ojos de tu madre —dijo.

—Y tu mal carácter —respondió Darío.

Quisquilla soltó una carcajada.

Loro observó la escena desde la puerta. Quisquilla había recuperado parte de su tesoro, pero había encontrado algo mucho más importante: un hijo que nunca supo que tenía.

Y, por primera vez en muchos años, volvió a sentirse rico.

la comandante

lunes, 14 de septiembre de 2026

Capítulo 7 Capitán Loro contra el chivato insultador

Capítulo 7 — Capitán Loro contra el chivato insultador

La noche del robo
El teatro estaba completamente a oscuras.
Solo una pequeña lámpara iluminaba los bastidores mientras el chivato y sus tres cómplices avanzaban de puntillas.
Los cómplices estaban aterrorizados.
Uno tenía las manos tan temblorosas que casi dejó caer la linterna.
—Cuidado —susurró el chivato.
—No puedo evitarlo —contestó el hombre—. ¡Me tiemblan las manos!
Otro respiraba rápidamente, intentando no hacer ruido.
—Me falta el aire...
—Respira más despacio.
—¡Lo intento!
El tercero se pasó la mano por la frente.
Estaba empapado en sudor frío.
—Tengo un nudo en el estómago.
—Pues desátalo y sigue andando —gruñó el chivato.
—¡Qué gracioso! ¡Nos pueden detener!
El chivato intentaba aparentar tranquilidad, pero incluso él sentía el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho.
Tum, tum. Tum, tum.
Llegaron finalmente detrás del escenario.
El chivato apartó una tabla y dejó al descubierto el antiguo mecanismo secreto.
—Aquí.
Uno de los cómplices tragó saliva.
—¿Seguro que nadie nos va a encontrar?
—Seguro.
—¿Seguro de verdad?
—¡Sí!
—¿Mucho?
—¡MUCHO!
—Vale...
El hombre respiró profundamente.
—Porque mis piernas ya no me responden.
El chivato sacó la joya de la Corona.
Al verla, los tres cómplices se quedaron pálidos.
—Dios mío...
—No digas eso.
—Es que la tenemos de verdad.
—Precisamente por eso.
El chivato introdujo la mano enguantada en el mecanismo.
Tiró.
Nada.
Volvió a tirar.
El mecanismo crujió.
Los cómplices se estremecieron.
—¡Ese ruido lo ha oído alguien! —susurró uno.
—No ha oído nadie nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—¡Eso no es una respuesta!
El chivato apretó los dientes y volvió a tirar.
¡CLAC!
El mecanismo se movió unos centímetros.
Los tres hombres dieron un respingo.
—¡Ay!
—¡Cállate!
—¡No puedo!
El chivato tiró con todas sus fuerzas.
¡CRAAAAAC!
El mecanismo cedió de golpe.
El chivato perdió el equilibrio y se agarró al borde metálico.
¡RASSS!
El guante se desgarró.
—¡AH!
Se hizo un pequeño corte en uno de sus dedos.
—¡Te has hecho daño! —susurró uno.
—¡No es nada!
Pero la mano le temblaba.
Miró el guante roto.
—¡Maldita sea!
Y entonces ocurrió algo mucho peor.
Tac... tac... tac...
Pasos.
Los cuatro quedaron congelados.
El color desapareció de sus caras.
Uno abrió mucho los ojos.
Otro se llevó una mano a la boca para contener un grito.
El tercero comenzó a respirar tan deprisa que su pecho subía y bajaba rápidamente.
—Viene alguien... —susurró.
—No hagas ruido —respondió el chivato.
—¡No puedo respirar!
—¡Pues respira más despacio!
—¡No me sale!
Las piernas de uno empezaron a temblar tanto que tuvo que apoyarse contra una pared.
—Me voy a caer.
—¡No te caigas!
—¡Estoy intentando no caerme!
Los pasos se acercaban.
Tac... tac... tac...
El chivato agarró rápidamente la joya con la mano desnuda y la introdujo en el compartimento.
—¡Ayudadme!
Los otros se acercaron.
Sus dedos temblaban.
Uno apenas podía sujetar el mecanismo.
—¡No puedo!
—¡Sí puedes!
—¡Me tiemblan las manos!
—¡A mí también!
—¡Pues que dejen de temblar!
—¡Díselo a mis manos!
Tac... tac... tac...
Los pasos estaban cada vez más cerca.
El chivato empujó.
¡CLIC!
El compartimento se cerró.
—¡Escondeos!
Los tres cómplices corrieron hacia unos decorados.
Uno tropezó.
Otro chocó contra una caja.
El tercero tuvo que taparse la boca porque estaba a punto de gritar.
El chivato se quedó delante del compartimento intentando borrar las huellas.
Sacó un pañuelo.
Pero sus dedos temblaban tanto que casi se le cayó.
—¡Rápido! —susurró uno desde el escondite.
El chivato frotó la madera.
—¡Ya está!
—¡No!
—¿Qué?
—¡Todavía se ven!
El chivato volvió a frotar.
Tac... tac... tac...
Los pasos estaban justo al otro lado de la puerta.
El corazón de todos parecía querer escapar del pecho.
El chivato dejó de respirar durante un instante.
La puerta comenzó a abrirse.
Ñiiiiic...
Uno de los cómplices cerró los ojos.
Otro apretó los dientes.
El tercero tenía las rodillas temblando.
La puerta terminó de abrirse.
Un trabajador entró.
—¿Hay alguien aquí?
Silencio.
Nadie se movió.
El trabajador miró alrededor.
Los cómplices estaban empapados en sudor.
Uno tenía los dedos clavados en la madera del decorado.
Otro respiraba por la nariz, lentamente, tratando de no hacer ruido.
El chivato permanecía inmóvil, con el pañuelo apretado dentro del puño.
El trabajador finalmente se marchó.
La puerta se cerró.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Entonces uno de los cómplices soltó el aire de golpe.
—¡Uf!
Otro se dejó caer sentado.
—Pensé que me daba algo.
El tercero se miró las manos.
Seguían temblando.
—Yo todavía estoy temblando.
El chivato intentó hacerse el valiente.
—Bah. No ha pasado nada.
Uno de los cómplices lo miró fijamente.
—Tú también estabas blanco.
—Era la luz.
—¡No había luz!
El chivato se quedó callado.
Habían conseguido esconder la joya.
Pero el miedo les había dejado una cosa clara:
aquella noche habían estado a punto de ser descubiertos.
Y, sin saberlo, el chivato había dejado en el mecanismo las pruebas que acabarían demostrando que él había sido quien escondió la joya.

Capitulo 6 Capitán Loro y la Isla Tortuga

Capitulo 6 Capitán Loro y la Isla Tortuga

El Capitán Loro era un joven capitán pirata que llevaba muchas millas surcando los mares. Su barco, aunque antiguo y maltrecho, seguía siendo rápido y resistente. Con él recorría las islas en busca de tesoros, comerciando con mercancías y, sobre todo, embarcándose en aventuras que casi siempre terminaban siendo mucho más peligrosas de lo que había previsto.

Después de su última aventura, durante la cual había tenido que enfrentarse a un traidor cuyo nombre había decidido borrar para siempre de su memoria, el Capitán Loro había conseguido hacerse con algo muy valioso.

Un mapa.

No era un mapa cualquiera.

En el centro del pergamino había dibujada una enorme X roja.

—Aquí se encuentra el próximo tesoro —dijo Loro, extendiendo el mapa sobre la mesa del camarote.

Sus marineros se acercaron.

—¿Y dónde está la isla? —preguntó uno de ellos.

Loro frunció el ceño.

—Ese es el problema.

Durante días intentaron descifrar el mapa. Giraron el pergamino, estudiaron las estrellas, compararon las líneas de la costa y contaron las pequeñas marcas que aparecían en los bordes.

No obtuvieron ningún resultado.

La isla parecía no existir.

—Ni siquiera sabemos cuándo aparecerá —murmuró Loro.

Y, en efecto, aún tendrían que recorrer una larga distancia antes de encontrarla.

La marea baja

El viaje comenzó con dificultades.

Al aproximarse a una zona de arrecifes, una corriente inesperada empujó el barco contra unas rocas.

¡CRAAASH!

El barco se estremeció de proa a popa.

—¡Rocas! —gritó un marinero.

—¡Apartad el barco de ahí!

Demasiado tarde.

Una sección del casco había quedado dañada.

Tuvieron que detenerse cerca de una pequeña costa para reparar el barco. Sin embargo, surgió otro inconveniente.

La marea estaba baja.

El barco había quedado prácticamente varado.

—No podremos salir hasta que suba —dijo Loro.

No tuvieron más remedio que esperar.

Pasaron horas reparando tablas, ajustando cuerdas y revisando las velas. Finalmente, cuando el agua comenzó a subir, el barco volvió a flotar.

—¡Ahora! —ordenó el Capitán Loro—. ¡Preparad las velas!

Las velas se alzaron.

El viento comenzó a impulsarlas.

—¡A mar abierto!

Y el barco volvió a alejarse de la costa.

El canto de las sirenas

Durante varias horas navegaron tranquilamente.

Hasta que, al caer la noche, escucharon algo.

Una voz.

Suave.

Lejana.

Hermosa.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los marineros.

La voz volvió a sonar.

Esta vez, más cerca.

Era una melodía dulce y estremecedora que parecía llegar desde todas partes al mismo tiempo.

El Capitán Loro palideció.

—No...

Se levantó de golpe.

—¡Sirenas!

Los marineros se miraron aterrorizados.

—¡Maldita sea! ¡Tapaos los oídos!

—¿Capitán?

—¡No las escuchéis! ¡No importa lo que oigáis!

La canción se hizo más intensa.

Algunos marineros comenzaron a caminar hacia la borda.

—¡Volved aquí! —rugió Loro.

Corrió hasta ellos y los apartó.

—¡Esas criaturas solo buscan nuestra ruina! ¡Quieren que quedemos atrapados y no podamos escapar!

Todos se taparon los oídos.

El barco continuó avanzando mientras las voces de las sirenas se desvanecían poco a poco detrás de ellos.

Pero aquella noche aún no había terminado.

La noche de la tormenta

Un viento brutal comenzó a soplar de frente.

Las velas se hincharon en dirección contraria.

—¡Viento en contra! —gritó el contramaestre.

Las olas comenzaron a crecer.

El mar se volvió picado, violento y tormentoso.

Entonces cayó el primer trueno.

¡BOOOOM!

Un relámpago iluminó el cielo.

Después, otro.

Y otro.

La oscuridad era casi absoluta entre cada destello.

El barco subía y bajaba entre las olas como un pequeño trozo de madera.

—¡Sujetad las cuerdas!

—¡La vela mayor está a punto de romperse!

—¡No dejéis que el barco gire!

Loro se aferró al timón con todas sus fuerzas.

—¡Resistid!

Una ola enorme cayó sobre la cubierta.

Durante unos segundos, nadie pudo ver nada.

El barco crujió.

Parecía que iba a partirse.

Pero resistió.

La tormenta duró casi toda la noche.

Cuando finalmente amaneció, el mar estaba mucho más tranquilo.

Todos estaban agotados.

Otros barcos habrían desaparecido aquella noche.

Pero el del Capitán Loro seguía a flote.

—Seguimos vivos —dijo Loro.

Miró hacia el horizonte.

—Y todavía tenemos un tesoro que encontrar.

El enemigo desconocido

Sin embargo, alguien más estaba buscando al Capitán Loro.

Un capitán enemigo llevaba mucho tiempo siguiendo su rastro.

Loro lo ignoraba.

Aquel hombre había sido compañero del traidor al que Loro había derrotado en su anterior aventura.

Y buscaba venganza.

Su barco apareció en el horizonte una mañana.

—¡Barco a estribor! —gritó el vigía.

Loro miró a través del catalejo.

—¿Quién demonios es ese?

El otro barco se acercó.

Entonces se escuchó una voz desde su cubierta.

—¡Capitán Loro!

Loro frunció el ceño.

—¿Quién eres?

—¡Alguien que viene a cobrar una vieja deuda!

—Pues ponte a la cola —respondió Loro—. Parece que últimamente todos quieren cobrarme algo.

El enemigo levantó la mano.

—¡Fuego!

¡BOOOOM!

Un cañonazo sacudió el barco de Loro.

—¡Nos disparan!

—¡Preparad los cañones! —ordenó Loro.

¡BOOOOM!

El combate había comenzado.

Los dos barcos intercambiaron disparos.

Madera contra madera.

Cañón contra cañón.

Los marineros corrían por la cubierta mientras las balas de cañón atravesaban el aire.

Finalmente, los barcos quedaron lo bastante cerca.

—¡Al abordaje!

Los enemigos saltaron a la cubierta.

Espadas.

Gritos.

Cuerdas.

Golpes.

El Capitán Loro desenfundó su espada.

—¡Por mi tripulación!

La batalla fue feroz.

Pero Loro y sus hombres consiguieron imponerse.

El capitán enemigo cayó derrotado.

—¿Por qué me perseguías? —preguntó Loro.

El hombre lo miró con rabia.

—Por el traidor.

Loro guardó silencio.

Comenzaba a comprender.

El pasado estaba regresando.

Y, por lo visto, aquella aventura le estaba haciendo ganar tantos enemigos como tesoros.

Después de la batalla, tuvieron que reparar el barco una vez más.

—Espero que el próximo tesoro incluya piezas de repuesto para el barco —murmuró uno de los marineros.

Loro soltó una carcajada.

—Eso sí que sería un tesoro.

La isla que no existía

Pasaron los días.

El mapa seguía sin revelar su secreto.

Hasta que una mañana ocurrió algo extraño.

El vigía gritó desde lo alto del mástil:

—¡Capitán!

—¿Qué ocurre?

—¡Hay algo en el horizonte!

Loro tomó el catalejo.

Al principio solo vio niebla.

Después distinguió algo verde.

Árboles.

Tierra.

Pero aquello no podía ser una isla.

Se movía.

Loro bajó lentamente el catalejo.

—No puede ser...

A medida que se acercaban, la enorme silueta apareció entre las olas.

Era una tortuga gigantesca, tan enorme que sobre su caparazón había tierra, árboles, rocas y pequeñas montañas.

—¡Una isla viviente! —exclamó un marinero.

Loro comprobó el mapa.

La X roja parecía señalar exactamente aquel lugar.

—La hemos encontrado.

Pero había algo preocupante.

La tortuga comenzaba a hundirse.

—¿Se está sumergiendo? —preguntó uno de los marineros.

Loro observó al enorme animal.

—Sí.

La isla-tortuga no permanecería en la superficie para siempre.

Disponían de muy poco tiempo.

—¡Preparad el bote!

El tesoro bajo la tortuga

Llegaron a la orilla justo antes de que la tortuga volviera a sumergirse.

Corrieron hacia el interior.

Árboles gigantes.

Rocas cubiertas de musgo.

Cuevas oscuras.

Y, escondida entre las piedras, encontraron una entrada.

El Capitán Loro encendió una antorcha.

—Entramos.

La cueva estaba completamente a oscuras.

Dieron unos pasos.

CLAC.

Loro se detuvo.

—No os mováis.

Del techo cayó una red.

Pero Loro consiguió apartarse a tiempo.

—Primera trampa.

Siguieron avanzando.

El suelo se abrió bajo los pies de uno de los marineros.

—¡Arena movediza!

Entre todos lograron sacarlo.

Después aparecieron lanzas ocultas.

Luego, enormes piedras que rodaban por los túneles.

Más adelante encontraron fosos y mecanismos antiguos que se activaban al pisar determinadas piedras.

Aquella cueva parecía construida para impedir que cualquiera llegara hasta el tesoro.

—¿Quién construyó todo esto? —preguntó un marinero.

Loro levantó la antorcha.

—Alguien que no quería que encontráramos lo que hay al final.

Avanzaron durante horas.

Encendieron más antorchas para iluminar los túneles.

Cada paso podía activar una nueva trampa.

Una pared lanzó flechas.

Otra abrió una compuerta.

Un suelo entero comenzó a inclinarse.

—¡Corred!

Corrieron.

Saltaron.

Se agacharon.

Esquivaron redes, lanzas y piedras.

Finalmente llegaron a una enorme cámara.

En el centro había un pedestal.

Y encima...

Una caja.

Loro se acercó lentamente.

La abrió.

La luz de las antorchas se reflejó sobre montañas de oro.

Monedas antiguas.

Joyas.

Piedras preciosas.

Objetos que parecían pertenecer a civilizaciones desaparecidas hacía siglos.

El Capitán Loro sonrió.

—Por fin.

Pero entonces la cueva tembló.

GRRRRRR...

Todos se quedaron inmóviles.

—¿Qué ha sido eso?

Se produjo otro temblor.

La tortuga comenzaba a sumergirse.

Loro miró hacia la entrada.

—¡Coged todo el tesoro que podamos transportar!

—¿Y si nos quedamos atrapados?

Loro agarró un cofre.

—Entonces tendremos que salir antes de que nuestra isla desaparezca bajo el mar.

Y así, cargados de oro, perseguidos por antiguas trampas y con la gigantesca tortuga hundiéndose lentamente bajo las olas, el Capitán Loro y su tripulación iniciaron la carrera más peligrosa de toda su aventura.

Porque habían encontrado el tesoro.

Pero ahora debían sobrevivir para llevárselo.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Capítulo 5: Un enemigo al descubierto y un lugar secreto bajo el mar


Capítulo 5: Un enemigo al descubierto y un lugar secreto bajo el mar

El mar estaba extrañamente tranquilo aquella mañana.
El Capitán Loro permanecía de pie en la proa de su barco, observando unas enormes rocas que sobresalían del agua. Llevaba varios días siguiendo un viejo mapa que, según la leyenda, conducía a uno de los tesoros más grandes jamás escondidos por los piratas.
Pero había algo que no aparecía claramente en el mapa.
Una pequeña marca dibujada junto a las rocas indicaba que allí existía una entrada secreta bajo el mar.
—Tiene que estar aquí —murmuró el Capitán Loro.
De repente, alguien apareció detrás de él.
Era Malaspina, un pirata que se había unido a la tripulación unos días antes. Había sido amable, valiente y aparentemente leal. Incluso había ayudado al capitán a descifrar parte del mapa.
—Capitán —dijo Malaspina—, creo que he encontrado la entrada.
Loro se volvió rápidamente.
—¿Dónde?
Malaspina señaló una zona de agua oscura, justo entre dos enormes piedras.
—Allí abajo. Hay una grieta que parece conducir hasta una cueva.
El capitán sonrió.
—Entonces hemos encontrado nuestro tesoro.
Sin perder tiempo, la tripulación preparó las cuerdas, los barriles de aire y todo lo necesario para descender.
Sin embargo, Loro tenía una sensación extraña.
Algo no encajaba.
Ataron varias cuerdas a las rocas y comenzaron a bajar. Cada vez estaban más lejos de la superficie. La luz del sol desapareció poco a poco y el agua se volvió negra.
Bajo ellos aparecieron grandes piedras cubiertas de algas. Parecía que alguien hubiera construido una enorme pared de rocas para esconder algo.
Finalmente llegaron al fondo.
Y allí estaba.
Una entrada estrecha conducía hacia una enorme cueva submarina.
Dentro, detrás de las piedras, comenzaron a aparecer cofres.
Uno.
Dos.
Cinco.
¡Decenas de cofres!
El tesoro llevaba cientos de años escondido allí.
Monedas de oro, joyas, coronas antiguas y piedras preciosas brillaban en la oscuridad.
La tripulación quedó completamente sorprendida.
—¡Lo encontramos! —gritó uno de los marineros.
Pero entonces escucharon un ruido detrás de ellos.
¡CLANG!
Una espada golpeó una roca.
El Capitán Loro se giró.
Malaspina había sacado su espada.
Su rostro ya no era el de aquel compañero amable que había ayudado durante los últimos días.
—¿Qué haces? —preguntó Loro.
Malaspina sonrió.
—Lo siento, capitán. Pero este tesoro nunca fue vuestro.
Los marineros se quedaron inmóviles.
—¿Nos has engañado?
—Desde el principio —respondió Malaspina—. Necesitaba que encontrarais la entrada. Vosotros habéis hecho todo el trabajo. Ahora solo tengo que llevarme el tesoro.
Malaspina levantó la espada.
—Y cuando vuelva al barco, también será mío.
El Capitán Loro apretó los dientes.
Había caído en una trampa.
Además, Malaspina había cortado una de las cuerdas que utilizaban para subir.
—No vais a salir de aquí —dijo el traidor.
Loro miró a su alrededor. No podía enfrentarse a él de cualquier manera. Estaban bajo el agua, dentro de una cueva, rodeados de piedras y con muy poco aire.
Entonces observó algo.
La cueva tenía una segunda salida.
Era muy pequeña, pero parecía conducir hacia una zona de rocas situada detrás del escondite del tesoro.
El capitán tuvo una idea.
—¡Todos conmigo! —ordenó.
La tripulación comenzó a recoger rápidamente los cofres más pequeños y valiosos.
—¿Adónde vais? —gritó Malaspina.
Loro no respondió.
Corrió hacia la pequeña abertura.
Malaspina lo siguió.
La persecución comenzó entre las piedras.
En aquel lugar tan estrecho, las espadas apenas podían moverse. El traidor intentó alcanzar al capitán por la espalda, pero Loro se apartó justo a tiempo.
¡CLANG!
La espada de Malaspina chocó contra una roca.
La roca se partió y, de repente, una corriente de agua entró violentamente por la grieta.
La cueva comenzó a llenarse de arena.
—¡Tenemos que salir! —gritó Loro.
La corriente arrastró varias piedras y abrió una abertura mucho mayor.
Al otro lado apareció un túnel submarino.
El Capitán Loro comprendió que aquella era la verdadera salida.
—¡Por aquí!
La tripulación atravesó el túnel con los cofres que habían conseguido recoger.
Malaspina intentó seguirlos, pero una enorme piedra cayó entre ellos.
—¡Loro! ¡No podrás escapar de mí! —gritó Malaspina.
El capitán se volvió.
—¡Primero tendrás que encontrar la salida!
Loro y sus hombres consiguieron alcanzar la superficie.
Subieron al barco agotados, pero vivos.
Habían conseguido salvar una buena parte del tesoro.
Sin embargo, Loro sabía que Malaspina seguía allí abajo.
Y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.
—Capitán —dijo uno de los marineros—, ¿qué hacemos ahora?
Loro miró las aguas oscuras.
—Volveremos por él.
—¿Estás seguro?
El capitán sonrió.
—Nadie traiciona a mi tripulación y se marcha tranquilamente con nuestro tesoro.
La tripulación regresó a la cueva.
Después de encontrar otra entrada, volvieron a descender.
Cuando llegaron al interior, escucharon un grito.
—¡Por aquí!
Era Malaspina.
Había conseguido encontrar otra salida de la cueva, pero estaba intentando llevarse el resto del tesoro.
Al ver al Capitán Loro, levantó su espada.
—¡Tú otra vez!
Loro desenvainó la suya.
—Esta vez no vas a escapar.
Malaspina se abalanzó sobre él.
¡CLANG!
Las dos espadas chocaron.
El combate comenzó.
Loro retrocedió unos pasos y esquivó un golpe de Malaspina.
¡CLANG! ¡CLANG!
Las espadas chocaban una y otra vez mientras los dos piratas luchaban alrededor de los cofres.
Malaspina era rápido y fuerte.
—¡Este tesoro será mío! —gritó.
—¡No mientras yo pueda impedirlo! —respondió Loro.
Malaspina lanzó un golpe muy fuerte.
Loro consiguió bloquearlo, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo.
El traidor levantó su espada.
—¡Se acabó, Capitán Loro!
Pero Loro vio algo a su lado.
Una cuerda.
La agarró rápidamente y tiró de ella.
Una red que estaba escondida entre las rocas cayó sobre Malaspina.
—¡¿Qué?!
Malaspina quedó atrapado.
Loro se levantó y recuperó su espada.
—Nunca subestimes a un capitán pirata.
Los marineros corrieron para ayudar a sujetar la red.
Malaspina intentó liberarse, pero cuanto más se movía, más atrapado quedaba.
Finalmente, cayó de rodillas.
—¡No podéis hacerme esto!
Loro guardó su espada.
—Sí podemos. Y tampoco vamos a abandonarte aquí.
Los marineros ataron a Malaspina y lo llevaron de vuelta al barco.
Una vez allí, Loro reunió a toda la tripulación.
—Este tesoro pertenece a todos los que han trabajado para encontrarlo —dijo—. Nadie volverá a robárselo a la tripulación.
Los marineros comenzaron a celebrar.
—¡Viva el Capitán Loro!
—¡Viva!
—¡Hemos encontrado el tesoro!
Loro sonrió mientras contemplaba los cofres.
Habían pasado por peligros, engaños y una batalla bajo el mar, pero finalmente lo habían conseguido.
El tesoro estaba a salvo.
Malaspina había sido derrotado.
Y la tripulación estaba unida otra vez.
Cuando el sol comenzó a ponerse, el Capitán Loro se apoyó en la barandilla del barco.
—¿Y ahora, capitán? —preguntó un marinero.
Loro miró el horizonte.
En su mano todavía llevaba el viejo mapa.
Entonces descubrió algo que ninguno de ellos había visto antes.
En la parte posterior del mapa había aparecido una nueva marca.
Una pequeña isla.
Y junto a ella, una enorme X roja.
Loro sonrió.
—Parece que nuestra aventura todavía no ha terminado.
La tripulación estalló en gritos de alegría.
—¡Rumbo a la nueva isla!
El barco desplegó sus velas y comenzó a navegar hacia el horizonte.
El Capitán Loro levantó su sombrero.
—¡Preparados, piratas!
El viento llenó las velas.
El mar brilló bajo la luz del atardecer.
Y, mientras el barco se alejaba, Loro sonrió.
Habían encontrado un tesoro.
Habían vencido a un traidor.
Y, sobre todo, habían demostrado que juntos podían superar cualquier peligro.
FIN DEL CAPÍTULO 5...
¡PERO LA AVENTURA DEL CAPITÁN LORO CONTINÚA! 🦜🏴‍☠️⚔️💰
He dejado el final feliz y cerrado para este capítulo, pero con una pequeña pista para que puedas continuar con el Capítulo 6.

estreliita

 🌙 La estrella que tenía sueño En un rincón tranquilo del cielo vivía una estrellita llamada Luma. Luma era pequeña y brillante, y cada noc...