Capítulo 8 : Las deudas de Quisquilla
Capitán Loro había resuelto el problema de la Joya de la Corona, aquella joya robada cuyo delito habían intentado atribuirle. Apenas tuvo tiempo de respirar, sin embargo, cuando apareció un asunto completamente distinto.
Esta vez se trataba de Quisquilla.
¿Quién era Quisquilla?
Un inmundo, un hombre que parecía haber nacido para protestar contra todo y contra todos. Sin embargo, detrás de su manera brusca de hablar había mucho más. Quisquilla era amigo de Loro desde hacía muchos años, desde que este apenas era un crío.
Por entonces, Quisquilla estaba mucho más sano que ahora. Tenía conocimientos de astrología y navegación, y había enseñado a Loro muchas cosas que aún conservaba en la memoria. Sabía leer las estrellas, orientarse en el mar y comprender los caprichos del viento como si fueran mensajes escritos para él.
Loro no había olvidado aquellos años.
Recordaba su voz grave corrigiéndolo con paciencia cuando confundía una constelación, el olor salado de sus manos después de una jornada en el puerto y la manera en que señalaba el cielo, como si las estrellas fueran viejas conocidas. También recordaba que, cuando tenía miedo, Quisquilla nunca se burlaba de él. Se limitaba a darle una palmada en el hombro y a decirle que hasta el marinero más valiente necesitaba, alguna vez, que alguien le mostrara el rumbo.
Tampoco había olvidado las fiestas que se celebraban en casa de Quisquilla. Por aquel entonces, la vivienda se llenaba de gente, comida, bebida y música. Loro acudía muchas veces como invitado y, en algunas ocasiones, incluso había trabajado allí como guardia de seguridad.
Aún podía recordar el calor de la cocina, el tintineo de las copas y las carcajadas que escapaban por las ventanas abiertas. Quisquilla siempre encontraba un motivo para celebrar, aunque fuera pequeño: una buena pesca, un viaje terminado sin desgracias o, simplemente, que todos sus amigos hubieran regresado a casa.
Pero los años habían pasado.
Y la vida de Quisquilla había cambiado.
Estaba harto.
Harto de que personas que apenas lo conocían hablaran de él. Harto de las envidias. Harto de haber trabajado durante años para conseguir algo y descubrir después que, poco a poco, todo había desaparecido.
Una tarde, delante de una taberna, Loro se encontró con él.
Quisquilla estaba sentado bajo un toldo descolorido. Parecía más pequeño que antes, encorvado sobre la mesa, con los hombros vencidos y el rostro surcado por arrugas que Loro no recordaba. El aire olía a vino derramado, madera húmeda y humo de carbón.
Sobre la mesa había una botella de vino y dos copas.
Loro se sentó frente a él. Durante unos instantes, ninguno dijo nada. El silencio no resultaba incómodo; era el silencio de quienes se conocen desde hace tanto tiempo que no necesitan llenar cada pausa.
Durante un rato no hablaron de problemas, investigaciones ni robos. Hablaron de los viejos tiempos.
Recordaron las aventuras de juventud, las fiestas, las noches interminables y aquellos días en que Quisquilla todavía podía enseñar a Loro a orientarse mirando las estrellas.
Quisquilla imitó la voz de un antiguo capitán y Loro soltó una carcajada. Después ambos se quedaron sonriendo, sorprendidos de encontrar todavía aquel sonido entre tantos años de cansancio. El vino era áspero y barato, pero por un momento les supo como el de las celebraciones de antaño.
Por primera vez en mucho tiempo, Quisquilla se rio de verdad.
La risa le tembló al principio, como si hubiera olvidado cómo hacerlo, pero luego se volvió más profunda. Loro observó cómo se le iluminaban los ojos y sintió una punzada en el pecho al comprender cuánto tiempo llevaba su amigo sin reír así.
Aquella conversación fue un descanso para él.
Durante unos minutos, Quisquilla no fue un hombre arruinado ni un anciano perseguido por los recuerdos. Volvió a ser el amigo que conocía las estrellas, el anfitrión de las grandes fiestas y el hombre que había enseñado a Loro a no perderse en el mar.
Hasta que, finalmente, Loro le preguntó qué había ocurrido.
La sonrisa desapareció poco a poco. Quisquilla bajó la mirada y pasó el pulgar por el borde de la copa. El cristal emitió un leve chirrido.
—¿Cómo has caído tan bajo? —preguntó Loro—. Bien que te iba la vida. ¿Cómo has terminado así?
Quisquilla tardó unos segundos en contestar. Respiró hondo, pero el aire pareció quedarse atrapado en su pecho.
—Pobre, sí. Soy pobre. Pero no porque no haya trabajado. Me han ido quitando las cosas poco a poco. Me han robado durante años. Y lo peor es que ni siquiera me daba cuenta.
Loro lo observó en silencio. Quiso decir algo, pero vio el temblor de sus manos y comprendió que cualquier palabra apresurada podía hacerle más daño.
—¿Quién?
Quisquilla soltó una amarga carcajada. No había humor en ella, solo cansancio.
—Eso quisiera saber yo.
Miró sus propias manos. Eran ásperas, marcadas por el trabajo, con pequeñas cicatrices y manchas que parecían contar una historia distinta de la que contaban sus bolsillos.
—Todo lo que gané, todo lo que sufrí para conseguirlo... me lo han ido quitando. Solo me queda el sufrimiento. Y esta ropa.
Loro sintió que la rabia le subía por la garganta. Recordó aquellas manos guiándolo sobre una cubierta mojada, señalándole el norte en una noche sin luna. Recordó también que, cuando era un muchacho, Quisquilla había pagado una deuda que no le correspondía y había permanecido a su lado cuando todos los demás se marcharon.
Loro apretó los dientes.
—Entonces averiguaré quién te lo hizo.
—No te metas en líos por mí.
—No.
Quisquilla levantó la mirada. En sus ojos había preocupación, pero también una esperanza que intentaba ocultar.
—¿No?
—No voy a meterme en líos por ti. Voy a meterme en líos por todos los años que tú te metiste en los míos.
Quisquilla sonrió débilmente. Sus ojos se humedecieron, aunque fingió que solo le molestaba el humo de la taberna.
—Sigues siendo un cabezota.
—Eso me lo enseñaste tú.
—Yo te enseñé a leer las estrellas.
—Y también a no abandonar a un amigo.
Durante un instante, Quisquilla no respondió. Extendió la mano sobre la mesa y la dejó junto a la de Loro. Sus dedos se rozaron apenas, pero aquel contacto bastó para decir lo que ninguno se atrevía a pronunciar.
Loro aún no lo sabía, pero aquella conversación iba a cambiarlo todo.
Quería devolverle a Quisquilla una parte de lo que este había hecho por él en los buenos tiempos. No podía devolverle los años perdidos ni borrar el cansancio de su rostro, pero sí impedir que quienes lo habían traicionado siguieran caminando tranquilos. Por eso comenzó a investigar.
Primero acudió a los viejos amigos de Quisquilla.
Algunos recordaban perfectamente aquellas fiestas de antaño. Recordaban a los invitados, las conversaciones y, sobre todo, algo que se repetía demasiado:
—Quisquilla tiene muchísimo dinero.
—Quisquilla siempre consigue lo que quiere.
—Yo no sé de dónde saca tanto.
—Algún día se quedará sin nada.
Aquellas frases parecían inocentes.
Pero Loro sabía que la envidia rara vez lo era.
Uno de los antiguos invitados, un comerciante llamado Berrueco, había estado presente en casi todas las fiestas importantes. Siempre se sentaba cerca del despacho de Quisquilla y era el primero en enterarse de cada compra, cada préstamo y cada viaje. Otro, el escribano Montalvo, había redactado varios contratos para Quisquilla y, según una camarera, solía llevarse los documentos a casa antes de que nadie pudiera revisarlos. También aparecía con frecuencia el nombre de Salcedo, un antiguo socio que había desaparecido justo después de que una de las propiedades cambiara de dueño.
Loro anotó aquellos nombres.
No eran simples rumores. Eran las primeras piezas de un mismo dibujo.
Comenzó a investigar a aquellas personas.
Primero de manera formal: preguntando, revisando documentos, comprobando viejos negocios y siguiendo los movimientos que aún podían reconstruirse.
Después, de manera informal.
Habló con camareros.
Preguntó a antiguos trabajadores.
Se sentó en tabernas donde nadie lo conocía.
Escuchó conversaciones.
Siguió rumores.
Y, cuando una pista parecía llevarlo a un callejón sin salida, buscaba otra.
Poco a poco descubrió que la fortuna de Quisquilla no había desaparecido de golpe.
Había desaparecido en pequeñas cantidades.
Un negocio aquí.
Un préstamo allá.
Una deuda que jamás se pagó.
Una propiedad que cambió de manos.
Un socio que desapareció.
Un amigo que dejó de contestar.
En varios documentos aparecía la misma marca: una pequeña estrella de ocho puntas dibujada junto a las firmas. Loro la había visto antes, grabada en el anillo de Berrueco y estampada en el sello de Montalvo. Aún no podía demostrar qué significaba, pero ya no creía en las coincidencias.
Eran demasiadas casualidades.
Loro empezó a sospechar que no había habido un único ladrón.
Quizá alguien había creado una red alrededor de Quisquilla.
Una red formada por personas que lo conocían, sabían cuánto tenía y habían esperado pacientemente el momento adecuado para quitarle una pequeña parte cada vez.
Pero cuanto más investigaba, más extrañas se volvían las cosas.
Una noche encontró una pista especialmente importante. En un registro antiguo descubrió que varias de las deudas de Quisquilla habían sido compradas por una misma compañía, una empresa sin oficinas conocidas cuyo representante legal era Montalvo. El dinero, sin embargo, terminaba siempre en cuentas relacionadas con Berrueco y Salcedo.
Al salir del archivo, Loro encontró una estrella de ocho puntas dibujada en el marco de la puerta. No estaba allí cuando había entrado. La tinta aún brillaba, húmeda, bajo la luz de la luna.
Se acercó sin tocarla.
En el centro de la estrella alguien había trazado una línea vertical, como una grieta.
Loro miró a ambos lados de la calle. Las ventanas estaban cerradas. Una cortina se movió en el piso superior de una casa y volvió a quedarse inmóvil.
Guardó el registro bajo el abrigo.
Y entonces cometió un error.
Miró hacia atrás.
Nadie.
Continuó caminando.
Volvió a mirar.
Esta vez vio una sombra al final de la calle.
Loro se detuvo.
La sombra también.
El viento movió ligeramente una vieja lámpara sobre su cabeza. La luz amarillenta tembló sobre los adoquines y, por un instante, Loro recordó la voz de Quisquilla diciéndole que incluso en la oscuridad siempre había que saber dónde estaba el norte.
Loro metió la mano en el bolsillo y continuó andando como si no hubiera notado nada.
Aceleró el paso.
La sombra también.
Al doblar la esquina, oyó el roce de una suela contra la piedra. Después, un silbido breve, idéntico al que Berrueco había utilizado aquella tarde para llamar a uno de sus hombres.
Loro se detuvo junto a una puerta cerrada. En la madera, apenas visible bajo la suciedad, alguien había dibujado la misma estrella de ocho puntas.
Entonces comprendió que no se trataba solo de una advertencia.
Sabían que había encontrado los nombres.
Y ya no querían limitarse a seguirlo.
No era el único que investigaba.
Alguien lo estaba siguiendo.
Loro decidió no regresar directamente a la taberna. Si la sombra pertenecía a uno de los hombres de Berrueco, llevarlo hasta Quisquilla habría sido una imprudencia. Tomó una calle estrecha, cruzó un mercado cubierto y se mezcló con los últimos vendedores que recogían sus puestos.
Sin embargo, la presencia continuó detrás de él.
No avanzaba con la torpeza de un matón. Era paciente. Mantenía siempre la misma distancia y desaparecía cada vez que Loro se volvía. Aquello le indicó que no se trataba de alguien enviado para atacarlo, sino de una persona que quería observarlo y descubrir hasta dónde había llegado.
Durante los días siguientes, Loro cambió sus costumbres. Utilizó caminos distintos, visitó archivos a horas inesperadas y dejó documentos falsos en lugares donde sabía que podían ser encontrados. En uno de ellos escribió que había descubierto una cuenta secreta a nombre de Montalvo. En otro afirmó que Salcedo había regresado a la ciudad.
La reacción no tardó en llegar.
Montalvo abandonó su casa antes del amanecer.
Berrueco envió a dos hombres al archivo.
Y alguien entró en la habitación de Loro mientras él estaba fuera, aunque no se llevó nada. Solo dejó sobre la mesa una nota escrita con tinta azul:
«Deja de buscar lo que no te pertenece».
Loro examinó el papel. La letra era firme y elegante, muy distinta de la escritura apresurada de un delincuente común. En la esquina inferior había una pequeña estrella de ocho puntas.
Pero aquella vez la estrella estaba incompleta.
Le faltaba una de sus puntas.
Loro acercó la nota a la lámpara. Bajo la tinta azul apareció una segunda marca, casi invisible: la misma estrella, trazada con tinta roja, pero invertida. Sintió un escalofrío. No era una firma. Era una señal para alguien que conocía un código.
Y alguien había entrado en su habitación sin llevarse nada porque quería que él la encontrara.
Loro cerró la puerta con llave y permaneció inmóvil, escuchando.
Desde el pasillo llegó un crujido.
Luego otro.
No había nadie cuando abrió, pero en el suelo, junto al umbral, encontró una astilla de madera húmeda y una huella estrecha. La persona que había dejado la nota seguía cerca.
Aquella noche no durmió.
Recordó entonces un detalle que había pasado por alto. En las antiguas listas de invitados de Quisquilla, junto a varios nombres, aparecía una marca idéntica. No estaba junto a Berrueco, Montalvo ni Salcedo, sino al lado de una invitada cuyo nombre había sido tachado.
Solo quedaban algunas letras:
E...lia V...
Loro regresó al archivo y pidió revisar los registros de las fiestas. Después de varias horas encontró un retrato antiguo entre los documentos de una celebración celebrada quince años atrás.
La mujer aparecía de perfil, con un vestido oscuro y un pañuelo bordado alrededor del cuello. En una esquina del pañuelo podían distinguirse dos iniciales: E. V.
Loro comprendió que alguien había estado ocultando su identidad desde el principio.
Pero antes de poder averiguar quién era, oyó un ruido en el pasillo.
Desenvainó la espada.
El picaporte bajó lentamente.
Loro retrocedió hasta quedar junto a la mesa. El retrato tembló entre sus dedos. Durante un segundo pensó que la puerta no se abriría. Después, la madera estalló hacia dentro.
Una figura encapuchada entró en la habitación. Loro apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que una hoja chocara contra la suya.
El desconocido atacaba con rapidez, pero no con intención de matar. Sus golpes eran precisos y medidos, como si quisiera obligarlo a retroceder. Loro respondió con la misma cautela, hasta que ambos salieron al patio trasero del archivo.
La lucha continuó bajo la lluvia.
El encapuchado conocía bien la espada. Loro consiguió desarmarlo con un giro inesperado, pero, cuando intentó sujetarlo, la figura se apartó y el capuchón cayó al suelo.
Era un joven.
Tenía el rostro anguloso, los ojos oscuros y una expresión de furia contenida. Se parecía tanto a Quisquilla que Loro se quedó inmóvil.
El muchacho aprovechó la sorpresa para recuperar su espada, pero no volvió a atacar.
—¿Quién eres? —preguntó Loro.
—El hijo de Quisquilla.
Loro bajó lentamente la espada.
—Quisquilla no tiene hijos.
—Eso es lo que él cree.
El joven se llamaba Darío. Había sido criado lejos de la ciudad por una mujer que había trabajado para Quisquilla muchos años atrás. Según ella, Quisquilla había tenido una relación con su madre, pero nunca llegó a saber que estaba embarazada. Antes de morir, la mujer le entregó una caja con cartas, documentos y una vieja llave.
Darío había regresado para descubrir la verdad.
También había seguido a Loro porque creía que él estaba relacionado con el robo de la fortuna de su padre.
—No quería hacerte daño —dijo Darío—. Solo necesitaba saber qué habías descubierto.
—Me has seguido durante días.
—Porque tú también seguías a alguien.
—¿A quién?
Darío miró el retrato que Loro aún sostenía en la mano.
—A la mujer que se llevó el dinero.
Loro sintió que todas las piezas comenzaban a encajar.
Darío le explicó que su madre había mencionado varias veces a una mujer llamada Emilia Valcárcel. Había sido una invitada habitual en las fiestas de Quisquilla y conocía sus negocios, sus propiedades y sus cuentas. También había mantenido relaciones con Berrueco, Montalvo y Salcedo.
Pero, según las cartas, no era una simple cómplice.
Era quien había diseñado el plan.
Emilia había convencido a los demás de que podían enriquecerse sin levantar sospechas. Cada uno se encargaría de una parte: contratos falsos, préstamos impagados, propiedades transferidas y cuentas ocultas. Sin embargo, mientras ellos creían estar recibiendo su parte, Emilia desviaba la mayor cantidad de dinero hacia una red de cuentas que solo ella controlaba.
Después había provocado la desaparición de Salcedo y había hecho que Berrueco y Montalvo desconfiaran entre sí.
—¿Y por qué me seguías? —preguntó Loro.
—Porque pensé que querías quedarte con el dinero.
—Yo solo quiero devolvérselo a tu padre.
Darío apretó la mandíbula.
—Entonces tenemos el mismo objetivo.
Loro no bajó del todo la espada.
—Si es verdad, dime qué había en la caja.
Darío lo miró con desconfianza. Durante un instante, la lluvia fue el único sonido entre ambos.
—Cartas de mi madre. Una llave. Y una advertencia.
—¿Qué advertencia?
Darío sacó del abrigo un papel doblado y lo lanzó al suelo, entre los dos. En él aparecía dibujada la estrella de ocho puntas, con una de sus puntas rota.
—«Si alguien pregunta por Quisquilla, no confíes en quien conozca el cielo».
Loro sintió que el estómago se le cerraba. La frase no tenía sentido, pero Quisquilla le había enseñado a leer las estrellas. ¿Era una amenaza dirigida a él? ¿O una pista que llevaba años esperando ser comprendida?
—Podrías estar trabajando para Emilia —dijo Loro.
Los ojos de Darío se endurecieron.
—Y tú podrías estar trabajando para los hombres que arruinaron a mi padre.
—Entonces ninguno de los dos tiene motivos para confiar.
—Pero sí para seguir vivos.
Un ruido metálico resonó al otro lado del patio.
Ambos se volvieron.
Sobre el muro apareció una sombra. Después otra. Alguien había cerrado la salida principal del archivo y estaba rodeando el patio.
Darío levantó la espada.
—¿Los has traído tú?
—No.
—Entonces ya saben que estamos juntos.
Una piedra atravesó la lluvia y golpeó la pared junto a la cabeza de Loro. En su superficie estaba grabada la estrella de ocho puntas.
Loro comprendió que el enfrentamiento no había sido una casualidad. Darío no lo había atacado para matarlo; lo había obligado a salir del archivo antes de que los hombres de Emilia entraran por la puerta trasera.
—Por allí —dijo Darío, señalando una escalera estrecha.
—¿Y por qué debería seguirte?
—Porque si te quedas, te matarán.
—¿Y tú?
Darío sonrió sin humor.
—A mí llevan años intentando hacerlo.
Corrieron hacia la escalera mientras las sombras saltaban al patio. Loro cubrió la retirada y Darío abrió una puerta oxidada que daba a los tejados. Detrás de ellos, una voz gritó que entregaran los documentos.
Loro se detuvo un instante.
—¿Qué documentos?
Darío lo miró.
—Los que todavía no hemos encontrado.
Y ambos desaparecieron bajo la lluvia.
No confiaban plenamente el uno en el otro, pero comprendían que necesitaban colaborar. Loro conocía la ciudad y tenía experiencia investigando. Darío poseía las cartas de su madre y la llave que podía abrir una caja de seguridad mencionada en uno de los documentos.
Juntos siguieron las pistas hasta una antigua casa situada junto al puerto. Allí encontraron la caja escondida bajo una tabla del suelo. Dentro había registros de cuentas, copias de contratos y una lista completa de los invitados de Quisquilla.
En la última página aparecía el nombre de Emilia Valcárcel junto a una anotación:
«La única que conoce el destino de todo el dinero».
También había un pañuelo bordado con las iniciales E. V.
Loro y Darío llevaron los documentos a las autoridades. La investigación se extendió durante semanas. Berrueco y Montalvo fueron interrogados, y ambos intentaron culparse mutuamente. Salcedo apareció finalmente en otra ciudad y confesó que había huido al descubrir que Emilia pensaba eliminarlo.
Las historias eran contradictorias y, durante un tiempo, nadie pudo determinar con exactitud quién había robado cada cantidad ni qué parte había recibido cada cómplice.
Pero una cosa estaba clara: Emilia Valcárcel había organizado el plan.
La encontraron cuando intentaba abandonar la ciudad. Durante la huida dejó caer el pañuelo bordado con sus iniciales. En su equipaje llevaba el retrato de la antigua lista de invitados y varios documentos que demostraban que había controlado las cuentas secretas.
No pudo negarlo.
Emilia fue procesada y condenada a prisión. Además, tuvo que devolver todo el dinero robado, junto con los intereses correspondientes. Las propiedades fueron restituidas y las cuentas recuperadas permitieron reconstruir gran parte de la fortuna de Quisquilla.
No todo pudo recuperarse.
Algunas cantidades habían desaparecido para siempre y otras se habían gastado durante los años de engaño. Pero Quisquilla volvió a tener una casa, parte de sus bienes y, sobre todo, la certeza de que no había sido olvidado.
Cuando Darío se presentó ante él, Quisquilla tardó varios minutos en hablar.
Lo miró como si estuviera contemplando un recuerdo imposible.
Después se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Tienes los ojos de tu madre —dijo.
—Y tu mal carácter —respondió Darío.
Quisquilla soltó una carcajada.
Loro observó la escena desde la puerta. Quisquilla había recuperado parte de su tesoro, pero había encontrado algo mucho más importante: un hijo que nunca supo que tenía.
Y, por primera vez en muchos años, volvió a sentirse rico.
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