Capítulo 7 — Capitán Loro contra el chivato insultador
La noche del robo
El teatro estaba completamente a oscuras.
Solo una pequeña lámpara iluminaba los bastidores mientras el chivato y sus tres cómplices avanzaban de puntillas.
Los cómplices estaban aterrorizados.
Uno tenía las manos tan temblorosas que casi dejó caer la linterna.
—Cuidado —susurró el chivato.
—No puedo evitarlo —contestó el hombre—. ¡Me tiemblan las manos!
Otro respiraba rápidamente, intentando no hacer ruido.
—Me falta el aire...
—Respira más despacio.
—¡Lo intento!
El tercero se pasó la mano por la frente.
Estaba empapado en sudor frío.
—Tengo un nudo en el estómago.
—Pues desátalo y sigue andando —gruñó el chivato.
—¡Qué gracioso! ¡Nos pueden detener!
El chivato intentaba aparentar tranquilidad, pero incluso él sentía el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho.
Tum, tum. Tum, tum.
Llegaron finalmente detrás del escenario.
El chivato apartó una tabla y dejó al descubierto el antiguo mecanismo secreto.
—Aquí.
Uno de los cómplices tragó saliva.
—¿Seguro que nadie nos va a encontrar?
—Seguro.
—¿Seguro de verdad?
—¡Sí!
—¿Mucho?
—¡MUCHO!
—Vale...
El hombre respiró profundamente.
—Porque mis piernas ya no me responden.
El chivato sacó la joya de la Corona.
Al verla, los tres cómplices se quedaron pálidos.
—Dios mío...
—No digas eso.
—Es que la tenemos de verdad.
—Precisamente por eso.
El chivato introdujo la mano enguantada en el mecanismo.
Tiró.
Nada.
Volvió a tirar.
El mecanismo crujió.
Los cómplices se estremecieron.
—¡Ese ruido lo ha oído alguien! —susurró uno.
—No ha oído nadie nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—¡Eso no es una respuesta!
El chivato apretó los dientes y volvió a tirar.
¡CLAC!
El mecanismo se movió unos centímetros.
Los tres hombres dieron un respingo.
—¡Ay!
—¡Cállate!
—¡No puedo!
El chivato tiró con todas sus fuerzas.
¡CRAAAAAC!
El mecanismo cedió de golpe.
El chivato perdió el equilibrio y se agarró al borde metálico.
¡RASSS!
El guante se desgarró.
—¡AH!
Se hizo un pequeño corte en uno de sus dedos.
—¡Te has hecho daño! —susurró uno.
—¡No es nada!
Pero la mano le temblaba.
Miró el guante roto.
—¡Maldita sea!
Y entonces ocurrió algo mucho peor.
Tac... tac... tac...
Pasos.
Los cuatro quedaron congelados.
El color desapareció de sus caras.
Uno abrió mucho los ojos.
Otro se llevó una mano a la boca para contener un grito.
El tercero comenzó a respirar tan deprisa que su pecho subía y bajaba rápidamente.
—Viene alguien... —susurró.
—No hagas ruido —respondió el chivato.
—¡No puedo respirar!
—¡Pues respira más despacio!
—¡No me sale!
Las piernas de uno empezaron a temblar tanto que tuvo que apoyarse contra una pared.
—Me voy a caer.
—¡No te caigas!
—¡Estoy intentando no caerme!
Los pasos se acercaban.
Tac... tac... tac...
El chivato agarró rápidamente la joya con la mano desnuda y la introdujo en el compartimento.
—¡Ayudadme!
Los otros se acercaron.
Sus dedos temblaban.
Uno apenas podía sujetar el mecanismo.
—¡No puedo!
—¡Sí puedes!
—¡Me tiemblan las manos!
—¡A mí también!
—¡Pues que dejen de temblar!
—¡Díselo a mis manos!
Tac... tac... tac...
Los pasos estaban cada vez más cerca.
El chivato empujó.
¡CLIC!
El compartimento se cerró.
—¡Escondeos!
Los tres cómplices corrieron hacia unos decorados.
Uno tropezó.
Otro chocó contra una caja.
El tercero tuvo que taparse la boca porque estaba a punto de gritar.
El chivato se quedó delante del compartimento intentando borrar las huellas.
Sacó un pañuelo.
Pero sus dedos temblaban tanto que casi se le cayó.
—¡Rápido! —susurró uno desde el escondite.
El chivato frotó la madera.
—¡Ya está!
—¡No!
—¿Qué?
—¡Todavía se ven!
El chivato volvió a frotar.
Tac... tac... tac...
Los pasos estaban justo al otro lado de la puerta.
El corazón de todos parecía querer escapar del pecho.
El chivato dejó de respirar durante un instante.
La puerta comenzó a abrirse.
Ñiiiiic...
Uno de los cómplices cerró los ojos.
Otro apretó los dientes.
El tercero tenía las rodillas temblando.
La puerta terminó de abrirse.
Un trabajador entró.
—¿Hay alguien aquí?
Silencio.
Nadie se movió.
El trabajador miró alrededor.
Los cómplices estaban empapados en sudor.
Uno tenía los dedos clavados en la madera del decorado.
Otro respiraba por la nariz, lentamente, tratando de no hacer ruido.
El chivato permanecía inmóvil, con el pañuelo apretado dentro del puño.
El trabajador finalmente se marchó.
La puerta se cerró.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Entonces uno de los cómplices soltó el aire de golpe.
—¡Uf!
Otro se dejó caer sentado.
—Pensé que me daba algo.
El tercero se miró las manos.
Seguían temblando.
—Yo todavía estoy temblando.
El chivato intentó hacerse el valiente.
—Bah. No ha pasado nada.
Uno de los cómplices lo miró fijamente.
—Tú también estabas blanco.
—Era la luz.
—¡No había luz!
El chivato se quedó callado.
Habían conseguido esconder la joya.
Pero el miedo les había dejado una cosa clara:
aquella noche habían estado a punto de ser descubiertos.
Y, sin saberlo, el chivato había dejado en el mecanismo las pruebas que acabarían demostrando que él había sido quien escondió la joya.
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