Había una vez un lugar perdido en algún rincón del mundo, y en aquel lugar se alzaba un hermoso castillo. Allí vivían una princesa y un príncipe que, a los ojos de todos, parecían amarse.
Pero el amor del príncipe no le pertenecía por completo.
Estaba unido a la princesa por un conjuro: un hechizo antiguo, adquirido a cambio de monedas de oro y promesas, que una bruja había tejido para asegurarse de que el corazón del príncipe perteneciera a quien ella había elegido.
Él, sin saberlo, vivía bajo los efectos del hechizo.
Creía que aquello era amor verdadero. Sin embargo, algunas noches sentía que algo no estaba bien. Al principio era una inquietud leve, casi imperceptible, como una grieta que aparece en el cristal antes de que nadie pueda advertirla.
Su corazón parecía encontrarse en otro lugar.
Quizá en otro camino. Quizá en otro castillo. Quizá lejos de allí, en algún sitio donde pudiera respirar durante un tiempo y descubrir qué había más allá de aquello que conocía.
O quizá, pensaba sin atreverse a decirlo, junto a alguien.
Con el paso de los años, el príncipe comenzó a comprender la verdad. Pero la magia de la bruja era poderosa y guardaba una última crueldad: podía borrar los recuerdos.
Cada vez que el príncipe recordaba, otro conjuro hacía que olvidara.
Y cuando volvía a sentir que su corazón pertenecía a otro lugar, otro hechizo lo devolvía al mismo punto.
Así transcurrió el tiempo.
Un recuerdo borrado.
Un recuerdo recuperado.
Un nuevo conjuro.
Y, una vez más, el olvido.
Una y otra vez, durante tantos años que el príncipe terminó por confundir el hechizo con su propia vida.
Hasta que un día, por fin, todo regresó.
La verdad, los recuerdos, aquello que había sentido y todo lo que había olvidado volvieron de golpe, como una marea imposible de detener.
Pero cuando comprendió lo ocurrido, ya era demasiado tarde.
El tiempo no había esperado por él.
Al príncipe apenas le quedaba vida para vivir y, mucho menos, suerte para cambiar su destino.
Y así comprendió la última verdad de aquel viejo castillo:
que existen conjuros capaces de obligar a un corazón a amar,
pero ninguno capaz de devolverle los años que le fueron robados.
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