lunes, 14 de septiembre de 2026

Capítulo 7 Capitán Loro contra el chivato insultador

Capítulo 7 — Capitán Loro contra el chivato insultador

La noche del robo
El teatro estaba completamente a oscuras.
Solo una pequeña lámpara iluminaba los bastidores mientras el chivato y sus tres cómplices avanzaban de puntillas.
Los cómplices estaban aterrorizados.
Uno tenía las manos tan temblorosas que casi dejó caer la linterna.
—Cuidado —susurró el chivato.
—No puedo evitarlo —contestó el hombre—. ¡Me tiemblan las manos!
Otro respiraba rápidamente, intentando no hacer ruido.
—Me falta el aire...
—Respira más despacio.
—¡Lo intento!
El tercero se pasó la mano por la frente.
Estaba empapado en sudor frío.
—Tengo un nudo en el estómago.
—Pues desátalo y sigue andando —gruñó el chivato.
—¡Qué gracioso! ¡Nos pueden detener!
El chivato intentaba aparentar tranquilidad, pero incluso él sentía el corazón golpeándole con fuerza contra el pecho.
Tum, tum. Tum, tum.
Llegaron finalmente detrás del escenario.
El chivato apartó una tabla y dejó al descubierto el antiguo mecanismo secreto.
—Aquí.
Uno de los cómplices tragó saliva.
—¿Seguro que nadie nos va a encontrar?
—Seguro.
—¿Seguro de verdad?
—¡Sí!
—¿Mucho?
—¡MUCHO!
—Vale...
El hombre respiró profundamente.
—Porque mis piernas ya no me responden.
El chivato sacó la joya de la Corona.
Al verla, los tres cómplices se quedaron pálidos.
—Dios mío...
—No digas eso.
—Es que la tenemos de verdad.
—Precisamente por eso.
El chivato introdujo la mano enguantada en el mecanismo.
Tiró.
Nada.
Volvió a tirar.
El mecanismo crujió.
Los cómplices se estremecieron.
—¡Ese ruido lo ha oído alguien! —susurró uno.
—No ha oído nadie nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—¡Eso no es una respuesta!
El chivato apretó los dientes y volvió a tirar.
¡CLAC!
El mecanismo se movió unos centímetros.
Los tres hombres dieron un respingo.
—¡Ay!
—¡Cállate!
—¡No puedo!
El chivato tiró con todas sus fuerzas.
¡CRAAAAAC!
El mecanismo cedió de golpe.
El chivato perdió el equilibrio y se agarró al borde metálico.
¡RASSS!
El guante se desgarró.
—¡AH!
Se hizo un pequeño corte en uno de sus dedos.
—¡Te has hecho daño! —susurró uno.
—¡No es nada!
Pero la mano le temblaba.
Miró el guante roto.
—¡Maldita sea!
Y entonces ocurrió algo mucho peor.
Tac... tac... tac...
Pasos.
Los cuatro quedaron congelados.
El color desapareció de sus caras.
Uno abrió mucho los ojos.
Otro se llevó una mano a la boca para contener un grito.
El tercero comenzó a respirar tan deprisa que su pecho subía y bajaba rápidamente.
—Viene alguien... —susurró.
—No hagas ruido —respondió el chivato.
—¡No puedo respirar!
—¡Pues respira más despacio!
—¡No me sale!
Las piernas de uno empezaron a temblar tanto que tuvo que apoyarse contra una pared.
—Me voy a caer.
—¡No te caigas!
—¡Estoy intentando no caerme!
Los pasos se acercaban.
Tac... tac... tac...
El chivato agarró rápidamente la joya con la mano desnuda y la introdujo en el compartimento.
—¡Ayudadme!
Los otros se acercaron.
Sus dedos temblaban.
Uno apenas podía sujetar el mecanismo.
—¡No puedo!
—¡Sí puedes!
—¡Me tiemblan las manos!
—¡A mí también!
—¡Pues que dejen de temblar!
—¡Díselo a mis manos!
Tac... tac... tac...
Los pasos estaban cada vez más cerca.
El chivato empujó.
¡CLIC!
El compartimento se cerró.
—¡Escondeos!
Los tres cómplices corrieron hacia unos decorados.
Uno tropezó.
Otro chocó contra una caja.
El tercero tuvo que taparse la boca porque estaba a punto de gritar.
El chivato se quedó delante del compartimento intentando borrar las huellas.
Sacó un pañuelo.
Pero sus dedos temblaban tanto que casi se le cayó.
—¡Rápido! —susurró uno desde el escondite.
El chivato frotó la madera.
—¡Ya está!
—¡No!
—¿Qué?
—¡Todavía se ven!
El chivato volvió a frotar.
Tac... tac... tac...
Los pasos estaban justo al otro lado de la puerta.
El corazón de todos parecía querer escapar del pecho.
El chivato dejó de respirar durante un instante.
La puerta comenzó a abrirse.
Ñiiiiic...
Uno de los cómplices cerró los ojos.
Otro apretó los dientes.
El tercero tenía las rodillas temblando.
La puerta terminó de abrirse.
Un trabajador entró.
—¿Hay alguien aquí?
Silencio.
Nadie se movió.
El trabajador miró alrededor.
Los cómplices estaban empapados en sudor.
Uno tenía los dedos clavados en la madera del decorado.
Otro respiraba por la nariz, lentamente, tratando de no hacer ruido.
El chivato permanecía inmóvil, con el pañuelo apretado dentro del puño.
El trabajador finalmente se marchó.
La puerta se cerró.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Entonces uno de los cómplices soltó el aire de golpe.
—¡Uf!
Otro se dejó caer sentado.
—Pensé que me daba algo.
El tercero se miró las manos.
Seguían temblando.
—Yo todavía estoy temblando.
El chivato intentó hacerse el valiente.
—Bah. No ha pasado nada.
Uno de los cómplices lo miró fijamente.
—Tú también estabas blanco.
—Era la luz.
—¡No había luz!
El chivato se quedó callado.
Habían conseguido esconder la joya.
Pero el miedo les había dejado una cosa clara:
aquella noche habían estado a punto de ser descubiertos.
Y, sin saberlo, el chivato había dejado en el mecanismo las pruebas que acabarían demostrando que él había sido quien escondió la joya.

Capitulo 6 Capitán Loro y la Isla Tortuga

Capitulo 6 Capitán Loro y la Isla Tortuga

El Capitán Loro era un joven capitán pirata que llevaba muchas millas surcando los mares. Su barco, aunque antiguo y maltrecho, seguía siendo rápido y resistente. Con él recorría las islas en busca de tesoros, comerciando con mercancías y, sobre todo, embarcándose en aventuras que casi siempre terminaban siendo mucho más peligrosas de lo que había previsto.

Después de su última aventura, durante la cual había tenido que enfrentarse a un traidor cuyo nombre había decidido borrar para siempre de su memoria, el Capitán Loro había conseguido hacerse con algo muy valioso.

Un mapa.

No era un mapa cualquiera.

En el centro del pergamino había dibujada una enorme X roja.

—Aquí se encuentra el próximo tesoro —dijo Loro, extendiendo el mapa sobre la mesa del camarote.

Sus marineros se acercaron.

—¿Y dónde está la isla? —preguntó uno de ellos.

Loro frunció el ceño.

—Ese es el problema.

Durante días intentaron descifrar el mapa. Giraron el pergamino, estudiaron las estrellas, compararon las líneas de la costa y contaron las pequeñas marcas que aparecían en los bordes.

No obtuvieron ningún resultado.

La isla parecía no existir.

—Ni siquiera sabemos cuándo aparecerá —murmuró Loro.

Y, en efecto, aún tendrían que recorrer una larga distancia antes de encontrarla.

La marea baja

El viaje comenzó con dificultades.

Al aproximarse a una zona de arrecifes, una corriente inesperada empujó el barco contra unas rocas.

¡CRAAASH!

El barco se estremeció de proa a popa.

—¡Rocas! —gritó un marinero.

—¡Apartad el barco de ahí!

Demasiado tarde.

Una sección del casco había quedado dañada.

Tuvieron que detenerse cerca de una pequeña costa para reparar el barco. Sin embargo, surgió otro inconveniente.

La marea estaba baja.

El barco había quedado prácticamente varado.

—No podremos salir hasta que suba —dijo Loro.

No tuvieron más remedio que esperar.

Pasaron horas reparando tablas, ajustando cuerdas y revisando las velas. Finalmente, cuando el agua comenzó a subir, el barco volvió a flotar.

—¡Ahora! —ordenó el Capitán Loro—. ¡Preparad las velas!

Las velas se alzaron.

El viento comenzó a impulsarlas.

—¡A mar abierto!

Y el barco volvió a alejarse de la costa.

El canto de las sirenas

Durante varias horas navegaron tranquilamente.

Hasta que, al caer la noche, escucharon algo.

Una voz.

Suave.

Lejana.

Hermosa.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los marineros.

La voz volvió a sonar.

Esta vez, más cerca.

Era una melodía dulce y estremecedora que parecía llegar desde todas partes al mismo tiempo.

El Capitán Loro palideció.

—No...

Se levantó de golpe.

—¡Sirenas!

Los marineros se miraron aterrorizados.

—¡Maldita sea! ¡Tapaos los oídos!

—¿Capitán?

—¡No las escuchéis! ¡No importa lo que oigáis!

La canción se hizo más intensa.

Algunos marineros comenzaron a caminar hacia la borda.

—¡Volved aquí! —rugió Loro.

Corrió hasta ellos y los apartó.

—¡Esas criaturas solo buscan nuestra ruina! ¡Quieren que quedemos atrapados y no podamos escapar!

Todos se taparon los oídos.

El barco continuó avanzando mientras las voces de las sirenas se desvanecían poco a poco detrás de ellos.

Pero aquella noche aún no había terminado.

La noche de la tormenta

Un viento brutal comenzó a soplar de frente.

Las velas se hincharon en dirección contraria.

—¡Viento en contra! —gritó el contramaestre.

Las olas comenzaron a crecer.

El mar se volvió picado, violento y tormentoso.

Entonces cayó el primer trueno.

¡BOOOOM!

Un relámpago iluminó el cielo.

Después, otro.

Y otro.

La oscuridad era casi absoluta entre cada destello.

El barco subía y bajaba entre las olas como un pequeño trozo de madera.

—¡Sujetad las cuerdas!

—¡La vela mayor está a punto de romperse!

—¡No dejéis que el barco gire!

Loro se aferró al timón con todas sus fuerzas.

—¡Resistid!

Una ola enorme cayó sobre la cubierta.

Durante unos segundos, nadie pudo ver nada.

El barco crujió.

Parecía que iba a partirse.

Pero resistió.

La tormenta duró casi toda la noche.

Cuando finalmente amaneció, el mar estaba mucho más tranquilo.

Todos estaban agotados.

Otros barcos habrían desaparecido aquella noche.

Pero el del Capitán Loro seguía a flote.

—Seguimos vivos —dijo Loro.

Miró hacia el horizonte.

—Y todavía tenemos un tesoro que encontrar.

El enemigo desconocido

Sin embargo, alguien más estaba buscando al Capitán Loro.

Un capitán enemigo llevaba mucho tiempo siguiendo su rastro.

Loro lo ignoraba.

Aquel hombre había sido compañero del traidor al que Loro había derrotado en su anterior aventura.

Y buscaba venganza.

Su barco apareció en el horizonte una mañana.

—¡Barco a estribor! —gritó el vigía.

Loro miró a través del catalejo.

—¿Quién demonios es ese?

El otro barco se acercó.

Entonces se escuchó una voz desde su cubierta.

—¡Capitán Loro!

Loro frunció el ceño.

—¿Quién eres?

—¡Alguien que viene a cobrar una vieja deuda!

—Pues ponte a la cola —respondió Loro—. Parece que últimamente todos quieren cobrarme algo.

El enemigo levantó la mano.

—¡Fuego!

¡BOOOOM!

Un cañonazo sacudió el barco de Loro.

—¡Nos disparan!

—¡Preparad los cañones! —ordenó Loro.

¡BOOOOM!

El combate había comenzado.

Los dos barcos intercambiaron disparos.

Madera contra madera.

Cañón contra cañón.

Los marineros corrían por la cubierta mientras las balas de cañón atravesaban el aire.

Finalmente, los barcos quedaron lo bastante cerca.

—¡Al abordaje!

Los enemigos saltaron a la cubierta.

Espadas.

Gritos.

Cuerdas.

Golpes.

El Capitán Loro desenfundó su espada.

—¡Por mi tripulación!

La batalla fue feroz.

Pero Loro y sus hombres consiguieron imponerse.

El capitán enemigo cayó derrotado.

—¿Por qué me perseguías? —preguntó Loro.

El hombre lo miró con rabia.

—Por el traidor.

Loro guardó silencio.

Comenzaba a comprender.

El pasado estaba regresando.

Y, por lo visto, aquella aventura le estaba haciendo ganar tantos enemigos como tesoros.

Después de la batalla, tuvieron que reparar el barco una vez más.

—Espero que el próximo tesoro incluya piezas de repuesto para el barco —murmuró uno de los marineros.

Loro soltó una carcajada.

—Eso sí que sería un tesoro.

La isla que no existía

Pasaron los días.

El mapa seguía sin revelar su secreto.

Hasta que una mañana ocurrió algo extraño.

El vigía gritó desde lo alto del mástil:

—¡Capitán!

—¿Qué ocurre?

—¡Hay algo en el horizonte!

Loro tomó el catalejo.

Al principio solo vio niebla.

Después distinguió algo verde.

Árboles.

Tierra.

Pero aquello no podía ser una isla.

Se movía.

Loro bajó lentamente el catalejo.

—No puede ser...

A medida que se acercaban, la enorme silueta apareció entre las olas.

Era una tortuga gigantesca, tan enorme que sobre su caparazón había tierra, árboles, rocas y pequeñas montañas.

—¡Una isla viviente! —exclamó un marinero.

Loro comprobó el mapa.

La X roja parecía señalar exactamente aquel lugar.

—La hemos encontrado.

Pero había algo preocupante.

La tortuga comenzaba a hundirse.

—¿Se está sumergiendo? —preguntó uno de los marineros.

Loro observó al enorme animal.

—Sí.

La isla-tortuga no permanecería en la superficie para siempre.

Disponían de muy poco tiempo.

—¡Preparad el bote!

El tesoro bajo la tortuga

Llegaron a la orilla justo antes de que la tortuga volviera a sumergirse.

Corrieron hacia el interior.

Árboles gigantes.

Rocas cubiertas de musgo.

Cuevas oscuras.

Y, escondida entre las piedras, encontraron una entrada.

El Capitán Loro encendió una antorcha.

—Entramos.

La cueva estaba completamente a oscuras.

Dieron unos pasos.

CLAC.

Loro se detuvo.

—No os mováis.

Del techo cayó una red.

Pero Loro consiguió apartarse a tiempo.

—Primera trampa.

Siguieron avanzando.

El suelo se abrió bajo los pies de uno de los marineros.

—¡Arena movediza!

Entre todos lograron sacarlo.

Después aparecieron lanzas ocultas.

Luego, enormes piedras que rodaban por los túneles.

Más adelante encontraron fosos y mecanismos antiguos que se activaban al pisar determinadas piedras.

Aquella cueva parecía construida para impedir que cualquiera llegara hasta el tesoro.

—¿Quién construyó todo esto? —preguntó un marinero.

Loro levantó la antorcha.

—Alguien que no quería que encontráramos lo que hay al final.

Avanzaron durante horas.

Encendieron más antorchas para iluminar los túneles.

Cada paso podía activar una nueva trampa.

Una pared lanzó flechas.

Otra abrió una compuerta.

Un suelo entero comenzó a inclinarse.

—¡Corred!

Corrieron.

Saltaron.

Se agacharon.

Esquivaron redes, lanzas y piedras.

Finalmente llegaron a una enorme cámara.

En el centro había un pedestal.

Y encima...

Una caja.

Loro se acercó lentamente.

La abrió.

La luz de las antorchas se reflejó sobre montañas de oro.

Monedas antiguas.

Joyas.

Piedras preciosas.

Objetos que parecían pertenecer a civilizaciones desaparecidas hacía siglos.

El Capitán Loro sonrió.

—Por fin.

Pero entonces la cueva tembló.

GRRRRRR...

Todos se quedaron inmóviles.

—¿Qué ha sido eso?

Se produjo otro temblor.

La tortuga comenzaba a sumergirse.

Loro miró hacia la entrada.

—¡Coged todo el tesoro que podamos transportar!

—¿Y si nos quedamos atrapados?

Loro agarró un cofre.

—Entonces tendremos que salir antes de que nuestra isla desaparezca bajo el mar.

Y así, cargados de oro, perseguidos por antiguas trampas y con la gigantesca tortuga hundiéndose lentamente bajo las olas, el Capitán Loro y su tripulación iniciaron la carrera más peligrosa de toda su aventura.

Porque habían encontrado el tesoro.

Pero ahora debían sobrevivir para llevárselo.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Capítulo 5: Un enemigo al descubierto y un lugar secreto bajo el mar


Capítulo 5: Un enemigo al descubierto y un lugar secreto bajo el mar

El mar estaba extrañamente tranquilo aquella mañana.
El Capitán Loro permanecía de pie en la proa de su barco, observando unas enormes rocas que sobresalían del agua. Llevaba varios días siguiendo un viejo mapa que, según la leyenda, conducía a uno de los tesoros más grandes jamás escondidos por los piratas.
Pero había algo que no aparecía claramente en el mapa.
Una pequeña marca dibujada junto a las rocas indicaba que allí existía una entrada secreta bajo el mar.
—Tiene que estar aquí —murmuró el Capitán Loro.
De repente, alguien apareció detrás de él.
Era Malaspina, un pirata que se había unido a la tripulación unos días antes. Había sido amable, valiente y aparentemente leal. Incluso había ayudado al capitán a descifrar parte del mapa.
—Capitán —dijo Malaspina—, creo que he encontrado la entrada.
Loro se volvió rápidamente.
—¿Dónde?
Malaspina señaló una zona de agua oscura, justo entre dos enormes piedras.
—Allí abajo. Hay una grieta que parece conducir hasta una cueva.
El capitán sonrió.
—Entonces hemos encontrado nuestro tesoro.
Sin perder tiempo, la tripulación preparó las cuerdas, los barriles de aire y todo lo necesario para descender.
Sin embargo, Loro tenía una sensación extraña.
Algo no encajaba.
Ataron varias cuerdas a las rocas y comenzaron a bajar. Cada vez estaban más lejos de la superficie. La luz del sol desapareció poco a poco y el agua se volvió negra.
Bajo ellos aparecieron grandes piedras cubiertas de algas. Parecía que alguien hubiera construido una enorme pared de rocas para esconder algo.
Finalmente llegaron al fondo.
Y allí estaba.
Una entrada estrecha conducía hacia una enorme cueva submarina.
Dentro, detrás de las piedras, comenzaron a aparecer cofres.
Uno.
Dos.
Cinco.
¡Decenas de cofres!
El tesoro llevaba cientos de años escondido allí.
Monedas de oro, joyas, coronas antiguas y piedras preciosas brillaban en la oscuridad.
La tripulación quedó completamente sorprendida.
—¡Lo encontramos! —gritó uno de los marineros.
Pero entonces escucharon un ruido detrás de ellos.
¡CLANG!
Una espada golpeó una roca.
El Capitán Loro se giró.
Malaspina había sacado su espada.
Su rostro ya no era el de aquel compañero amable que había ayudado durante los últimos días.
—¿Qué haces? —preguntó Loro.
Malaspina sonrió.
—Lo siento, capitán. Pero este tesoro nunca fue vuestro.
Los marineros se quedaron inmóviles.
—¿Nos has engañado?
—Desde el principio —respondió Malaspina—. Necesitaba que encontrarais la entrada. Vosotros habéis hecho todo el trabajo. Ahora solo tengo que llevarme el tesoro.
Malaspina levantó la espada.
—Y cuando vuelva al barco, también será mío.
El Capitán Loro apretó los dientes.
Había caído en una trampa.
Además, Malaspina había cortado una de las cuerdas que utilizaban para subir.
—No vais a salir de aquí —dijo el traidor.
Loro miró a su alrededor. No podía enfrentarse a él de cualquier manera. Estaban bajo el agua, dentro de una cueva, rodeados de piedras y con muy poco aire.
Entonces observó algo.
La cueva tenía una segunda salida.
Era muy pequeña, pero parecía conducir hacia una zona de rocas situada detrás del escondite del tesoro.
El capitán tuvo una idea.
—¡Todos conmigo! —ordenó.
La tripulación comenzó a recoger rápidamente los cofres más pequeños y valiosos.
—¿Adónde vais? —gritó Malaspina.
Loro no respondió.
Corrió hacia la pequeña abertura.
Malaspina lo siguió.
La persecución comenzó entre las piedras.
En aquel lugar tan estrecho, las espadas apenas podían moverse. El traidor intentó alcanzar al capitán por la espalda, pero Loro se apartó justo a tiempo.
¡CLANG!
La espada de Malaspina chocó contra una roca.
La roca se partió y, de repente, una corriente de agua entró violentamente por la grieta.
La cueva comenzó a llenarse de arena.
—¡Tenemos que salir! —gritó Loro.
La corriente arrastró varias piedras y abrió una abertura mucho mayor.
Al otro lado apareció un túnel submarino.
El Capitán Loro comprendió que aquella era la verdadera salida.
—¡Por aquí!
La tripulación atravesó el túnel con los cofres que habían conseguido recoger.
Malaspina intentó seguirlos, pero una enorme piedra cayó entre ellos.
—¡Loro! ¡No podrás escapar de mí! —gritó Malaspina.
El capitán se volvió.
—¡Primero tendrás que encontrar la salida!
Loro y sus hombres consiguieron alcanzar la superficie.
Subieron al barco agotados, pero vivos.
Habían conseguido salvar una buena parte del tesoro.
Sin embargo, Loro sabía que Malaspina seguía allí abajo.
Y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.
—Capitán —dijo uno de los marineros—, ¿qué hacemos ahora?
Loro miró las aguas oscuras.
—Volveremos por él.
—¿Estás seguro?
El capitán sonrió.
—Nadie traiciona a mi tripulación y se marcha tranquilamente con nuestro tesoro.
La tripulación regresó a la cueva.
Después de encontrar otra entrada, volvieron a descender.
Cuando llegaron al interior, escucharon un grito.
—¡Por aquí!
Era Malaspina.
Había conseguido encontrar otra salida de la cueva, pero estaba intentando llevarse el resto del tesoro.
Al ver al Capitán Loro, levantó su espada.
—¡Tú otra vez!
Loro desenvainó la suya.
—Esta vez no vas a escapar.
Malaspina se abalanzó sobre él.
¡CLANG!
Las dos espadas chocaron.
El combate comenzó.
Loro retrocedió unos pasos y esquivó un golpe de Malaspina.
¡CLANG! ¡CLANG!
Las espadas chocaban una y otra vez mientras los dos piratas luchaban alrededor de los cofres.
Malaspina era rápido y fuerte.
—¡Este tesoro será mío! —gritó.
—¡No mientras yo pueda impedirlo! —respondió Loro.
Malaspina lanzó un golpe muy fuerte.
Loro consiguió bloquearlo, pero perdió el equilibrio y cayó al suelo.
El traidor levantó su espada.
—¡Se acabó, Capitán Loro!
Pero Loro vio algo a su lado.
Una cuerda.
La agarró rápidamente y tiró de ella.
Una red que estaba escondida entre las rocas cayó sobre Malaspina.
—¡¿Qué?!
Malaspina quedó atrapado.
Loro se levantó y recuperó su espada.
—Nunca subestimes a un capitán pirata.
Los marineros corrieron para ayudar a sujetar la red.
Malaspina intentó liberarse, pero cuanto más se movía, más atrapado quedaba.
Finalmente, cayó de rodillas.
—¡No podéis hacerme esto!
Loro guardó su espada.
—Sí podemos. Y tampoco vamos a abandonarte aquí.
Los marineros ataron a Malaspina y lo llevaron de vuelta al barco.
Una vez allí, Loro reunió a toda la tripulación.
—Este tesoro pertenece a todos los que han trabajado para encontrarlo —dijo—. Nadie volverá a robárselo a la tripulación.
Los marineros comenzaron a celebrar.
—¡Viva el Capitán Loro!
—¡Viva!
—¡Hemos encontrado el tesoro!
Loro sonrió mientras contemplaba los cofres.
Habían pasado por peligros, engaños y una batalla bajo el mar, pero finalmente lo habían conseguido.
El tesoro estaba a salvo.
Malaspina había sido derrotado.
Y la tripulación estaba unida otra vez.
Cuando el sol comenzó a ponerse, el Capitán Loro se apoyó en la barandilla del barco.
—¿Y ahora, capitán? —preguntó un marinero.
Loro miró el horizonte.
En su mano todavía llevaba el viejo mapa.
Entonces descubrió algo que ninguno de ellos había visto antes.
En la parte posterior del mapa había aparecido una nueva marca.
Una pequeña isla.
Y junto a ella, una enorme X roja.
Loro sonrió.
—Parece que nuestra aventura todavía no ha terminado.
La tripulación estalló en gritos de alegría.
—¡Rumbo a la nueva isla!
El barco desplegó sus velas y comenzó a navegar hacia el horizonte.
El Capitán Loro levantó su sombrero.
—¡Preparados, piratas!
El viento llenó las velas.
El mar brilló bajo la luz del atardecer.
Y, mientras el barco se alejaba, Loro sonrió.
Habían encontrado un tesoro.
Habían vencido a un traidor.
Y, sobre todo, habían demostrado que juntos podían superar cualquier peligro.
FIN DEL CAPÍTULO 5...
¡PERO LA AVENTURA DEL CAPITÁN LORO CONTINÚA! 🦜🏴‍☠️⚔️💰
He dejado el final feliz y cerrado para este capítulo, pero con una pequeña pista para que puedas continuar con el Capítulo 6.

Capitulo 4 Capitan Loro La botella misteriosa

Capítulo 4: La botella misteriosa

El mar estaba completamente oscuro. El Capitán Loro navegaba lentamente entre dos enormes
islas, mientras unas nubes negras cubrían la luna.
—Esto no me gusta nada... —murmuró, agarrando con
fuerza el timón.
De repente...
¡TOC!
Algo chocó contra el barco.
Loro miró hacia abajo.
Flotando entre las olas había una botella de cristal
verde, cerrada con un enorme tapón dorado.
—¿Una botella? ¿Aquí?
La pescó con su garfio y la abrió.
Dentro había un pequeño mapa enrollado y un mensaje
escrito con tinta roja:
“Si encuentras este mapa, ya es demasiado tarde. Busca
la Cueva del Trueno. Allí está escondido el tesoro que
ningún pirata ha conseguido encontrar.”
Los ojos de Loro se abrieron como platos.
—¡¿Un tesoro secreto?!
Pero debajo del mensaje había algo todavía más
inquietante:
“NO CONFÍES EN EL PIRATA SOMBRA.”
En ese mismo instante, se escuchó una voz detrás de él.
—Llegas tarde, Capitán Loro.
Loro se giró de golpe.
Sobre una roca, iluminado por un relámpago, había un
enorme pirata vestido completamente de negro. Tenía
un parche plateado, una espada curva y una sonrisa
aterradora.
—¿Quién eres?
El desconocido levantó su espada.
—Me llaman Barba Sombra. Y ese mapa me pertenece.
—¡Pues tendrás que quitármelo! —gritó Loro.
Barba Sombra saltó desde la roca y cayó sobre la
cubierta.
¡CLANG!
Las espadas chocaron.
Loro retrocedió.
—¡Eres rápido! —Y tú eres demasiado lento.
Barba Sombra lanzó un golpe que hizo volar el sombrero
de Loro.
—¡Mi sombrero!
El Capitán Loro se enfadó.
—¡Eso sí que no!
Agarró una cuerda, se balanceó sobre el barco y aterrizó
detrás de Barba Sombra.
¡PUM!
El pirata cayó al suelo.
Pero antes de que Loro pudiera atraparlo, Barba Sombra
lanzó una pequeña bomba de humo.
¡FUUUUSH!
Cuando el humo desapareció, había desaparecido.
Solo quedó su voz flotando en la oscuridad:
—¡Nos veremos en la Cueva del Trueno!
Loro recogió su sombrero y miró el mapa.
En él aparecía una isla que no figuraba en ninguna de
sus cartas.
Y una enorme X roja.
—Bueno... —dijo, sonriendo—. Parece que tenemos una
cueva que visitar.
Después de varias horas de navegación, apareció la isla.
Era gigantesca.
En el centro se levantaba una montaña atravesada por
una enorme entrada negra.
La Cueva del Trueno.
Loro entró.
Dentro había cristales azules que iluminaban las paredes
y un río subterráneo que desaparecía en la oscuridad.
Avanzó hasta encontrar una gigantesca puerta de
piedra.
En ella había tres símbolos:
🦜 Un loro.
⚡ Un relámpago.
💰 Un cofre.
Loro colocó la botella sobre el símbolo del loro.
¡CRAAAAACK!
La puerta comenzó a abrirse. Al otro lado había una cámara gigantesca.
Y en el centro...
Un cofre de oro tan enorme que parecía una pequeña
casa.
Loro se quedó completamente inmóvil.
—No puede ser...
Abrió el cofre.
¡CLAAAAANG!
Una montaña de monedas de oro cayó al suelo.
Había joyas, diamantes, coronas antiguas y monedas de
todos los rincones del mundo.
Pero, enterrado entre el oro, había un objeto mucho más
extraño:
una llave negra con forma de calavera.
Loro la levantó.
Entonces escuchó un rugido.
GRRRRRRRRR...
Se giró lentamente.
Dos ojos rojos brillaban en la oscuridad.
Una enorme criatura salió de detrás de las rocas.
Loro tragó saliva.
—Creo que este tesoro tiene... ¿guardia?
La criatura abrió la boca y rugió.
¡ROOOOOOOAR!
Loro agarró la llave y salió corriendo.
—¡¡¡CAPITÁN LORO NO PIENSA QUEDARSE A CENAR!!!
Detrás de él, la criatura comenzó a perseguirlo.
Y mientras corría hacia la salida, Loro no vio la sombra
que lo observaba desde lo alto de la cueva.
Barba Sombra sonreía.
—Gracias por encontrar la llave por mí...
Y levantó su espada.
—Ahora comienza la verdadera aventura.
CONTINUARÁ... 🦜🏴‍☠️⚡💰.
Capítulo 3: El veneno del capitán
El Pirata Loro navegaba bajo un cielo negro como el
carbón. Sobre su hombro descansaba su inseparable
compañero, un pequeño loro verde llamado Chispa, que
no dejaba de mirar hacia el horizonte. Pirata Loro no era un pirata cualquiera.
Era un cazador de piratas.
Los reyes, príncipes y marqueses ofrecían grandes
recompensas por capturar a los criminales más
peligrosos de los siete mares. Y Pirata Loro aceptaba los
encargos más difíciles.
Aquella noche tenía uno especialmente peligroso.
—Capitán —graznó Chispa—. ¡Barco enemigo a la vista!
Pirata Loro levantó el catalejo.
Allí estaba: un enorme navío oscuro, con las velas
negras y una bandera que hacía temblar hasta a los
marineros más valientes.
Era el barco del temible Capitán Veneno.
Decían que aquel pirata había envenenado las bebidas
de numerosas tripulaciones y que guardaba botellas con
sustancias mortales por todo su camarote. Nadie sabía
exactamente cuál era peligrosa y cuál no.
—Esta vez no beberemos absolutamente nada —dijo
Pirata Loro.
—¡Nada! —repitió Chispa.
Pirata Loro se acercó sigilosamente al barco enemigo y
consiguió subir a bordo. Pero apenas puso un pie en la
cubierta, una voz retumbó detrás de él.
—¡Así que tú eres el famoso cazador de piratas!
Era el Capitán Veneno.
Era enorme, fuerte y rápido. Llevaba una espada pesada
y una mirada terrible.
—¡Te estaba esperando!
La pelea comenzó.
¡CLANG!
Las espadas chocaron.
Pirata Loro retrocedió.
El capitán volvió a atacar.
¡CLANG!
Pirata Loro consiguió esquivar el golpe por muy poco.
—¡Es demasiado fuerte! —gritó Chispa.
Durante largos minutos, los dos combatieron por toda la
cubierta. El Capitán Veneno parecía incansable. Pirata
Loro estaba agotado, pero no pensaba rendirse. Finalmente, consiguió hacerle retroceder hasta la puerta
del camarote.
El capitán entró de golpe.
Pirata Loro lo siguió.
El camarote estaba lleno de botellas.
Había botellas grandes, pequeñas, verdes, azules y
transparentes. Algunas tenían etiquetas y otras ni
siquiera tenían nombre.
Pirata Loro recordó la advertencia:
No bebas de ninguna botella.
El Capitán Veneno sonrió.
—Aquí tengo mi verdadera ventaja.
Intentó agarrar una botella, pero Pirata Loro fue más
rápido y se la quitó de las manos.
—Tu propia trampa se ha vuelto contra ti.
El capitán se abalanzó sobre él.
Pirata Loro esquivó el ataque y utilizó la espada que le
habían regalado los guardianes del marqués. Con un
movimiento rápido, consiguió desarmarlo y derribarlo.
El Capitán Veneno quedó derrotado.
Pero Pirata Loro todavía tenía que enfrentarse a un
último peligro.
Había una botella de veneno sobre la mesa.
El capitán intentó alcanzarla.
—¡Ni se te ocurra! —gritó Pirata Loro.
Con la espada, apartó la botella y la dejó fuera de su
alcance.
Entonces Chispa empezó a gritar desde la ventana:
—¡Más barcos! ¡Más barcos!
Eran los barcos de la Seguritat del Marquès.
Habían llegado para arrestar a toda la tripulación.
Los piratas miraron a su capitán derrotado y
comprendieron que ya no tenían ninguna posibilidad.
Uno levantó las manos.
Después otro.
Y otro más.
Finalmente, toda la tripulación se rindió.
La Seguritad del Marquès subió al barco y arrestó a
todos los piratas. Pirata Loro salió a cubierta con Chispa sobre el hombro.
El sol comenzaba a aparecer por el horizonte.
—Otra recompensa conseguida —dijo Pirata Loro.
Chispa abrió las alas.
—¡Y sin beber nada!
Pirata Loro soltó una carcajada.
Pero mientras abandonaban el barco, ninguno de los dos
se dio cuenta de que, escondida en el camarote del
capitán, quedaba una botella sin etiqueta.
Y dentro de ella...
había algo que podía cambiar el destino de los siete
mares.
CONTINUARÁ

Capitulo III El veneno del capitan


Capítulo 3: El veneno del capitán

El Pirata Loro navegaba bajo un cielo negro como el carbón. Sobre su hombro descansaba su inseparable compañero, un pequeño loro verde llamado Chispa, que no dejaba de mirar hacia el horizonte.
Pirata Loro no era un pirata cualquiera.
Era un cazador de piratas.
Los reyes, príncipes y marqueses ofrecían grandes recompensas por capturar a los criminales más peligrosos de los siete mares. Y Pirata Loro aceptaba los encargos más difíciles.
Aquella noche tenía uno especialmente peligroso.
—Capitán —graznó Chispa—. ¡Barco enemigo a la vista!
Pirata Loro levantó el catalejo.
Allí estaba: un enorme navío oscuro, con las velas negras y una bandera que hacía temblar hasta a los marineros más valientes.
Era el barco del temible Capitán Veneno.
Decían que aquel pirata había envenenado las bebidas de numerosas tripulaciones y que guardaba botellas con sustancias mortales por todo su camarote. Nadie sabía exactamente cuál era peligrosa y cuál no.
—Esta vez no beberemos absolutamente nada —dijo Pirata Loro.
—¡Nada! —repitió Chispa.
Pirata Loro se acercó sigilosamente al barco enemigo y consiguió subir a bordo. Pero apenas puso un pie en la cubierta, una voz retumbó detrás de él.
—¡Así que tú eres el famoso cazador de piratas!
Era el Capitán Veneno.
Era enorme, fuerte y rápido. Llevaba una espada pesada y una mirada terrible.
—¡Te estaba esperando!
La pelea comenzó.
¡CLANG!
Las espadas chocaron.
Pirata Loro retrocedió.
El capitán volvió a atacar.
¡CLANG!
Pirata Loro consiguió esquivar el golpe por muy poco.
—¡Es demasiado fuerte! —gritó Chispa.
Durante largos minutos, los dos combatieron por toda la cubierta. El Capitán Veneno parecía incansable. Pirata Loro estaba agotado, pero no pensaba rendirse.
Finalmente, consiguió hacerle retroceder hasta la puerta del camarote.
El capitán entró de golpe.
Pirata Loro lo siguió.
El camarote estaba lleno de botellas.
Había botellas grandes, pequeñas, verdes, azules y transparentes. Algunas tenían etiquetas y otras ni siquiera tenían nombre.
Pirata Loro recordó la advertencia:
No bebas de ninguna botella.
El Capitán Veneno sonrió.
—Aquí tengo mi verdadera ventaja.
Intentó agarrar una botella, pero Pirata Loro fue más rápido y se la quitó de las manos.
—Tu propia trampa se ha vuelto contra ti.
El capitán se abalanzó sobre él.
Pirata Loro esquivó el ataque y utilizó la espada que le habían regalado los guardianes del marqués. Con un movimiento rápido, consiguió desarmarlo y derribarlo.
El Capitán Veneno quedó derrotado.
Pero Pirata Loro todavía tenía que enfrentarse a un último peligro.
Había una botella de veneno sobre la mesa.
El capitán intentó alcanzarla.
—¡Ni se te ocurra! —gritó Pirata Loro.
Con la espada, apartó la botella y la dejó fuera de su alcance.
Entonces Chispa empezó a gritar desde la ventana:
—¡Más barcos! ¡Más barcos!
Eran los barcos de la Seguritat del Marquès.
Habían llegado para arrestar a toda la tripulación.
Los piratas miraron a su capitán derrotado y comprendieron que ya no tenían ninguna posibilidad.
Uno levantó las manos.
Después otro.
Y otro más.
Finalmente, toda la tripulación se rindió.
La Seguritad del Marquès subió al barco y arrestó a todos los piratas.
Pirata Loro salió a cubierta con Chispa sobre el hombro.
El sol comenzaba a aparecer por el horizonte.
—Otra recompensa conseguida —dijo Pirata Loro.
Chispa abrió las alas.
—¡Y sin beber nada!
Pirata Loro soltó una carcajada.
Pero mientras abandonaban el barco, ninguno de los dos se dio cuenta de que, escondida en el camarote del capitán, quedaba una botella sin etiqueta.
Y dentro de ella...
había algo que podía cambiar el destino de los siete mares.
Continuará.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

.Capítulo II: El tesoro perseguido


El capitán Loro era joven, audaz y fuerte. Vestía como un soldado, con una casaca oscura, botas altas y una espada que llevaba siempre al cinto. Pero había algo que lo distinguía de todos los demás: hablaba más que nadie durante las batallas.
—¡A estribor! ¡Cargad los cañones! ¡No dejéis que ese barco se aleje! —gritaba mientras recorría la cubierta.
Habían pasado pocos días desde que Loro había encontrado, en el primer capítulo de su aventura, un enorme tesoro que pertenecía a unos pueblos indígenas. Loro había decidido llevarlo consigo, pero todavía no sabía que alguien lo estaba siguiendo.
Al amanecer, uno de sus marineros señaló el horizonte.
—¡Capitán! ¡Un barco detrás de nosotros!
Loro tomó su catalejo.
—Así que nos han encontrado...
Era un barco grande y bien armado. Sus velas se acercaban rápidamente.
—¡Preparad los cañones! —ordenó Loro—. ¡Hoy no pienso entregar nuestro tesoro!
Los dos barcos comenzaron una persecución. El viento soplaba con fuerza y las olas golpeaban los cascos.
De pronto:
¡BOOOOM!
Una bala de cañón salió disparada desde el barco enemigo y cayó al agua junto al navío de Loro.
—¡Nos están disparando! —gritó un marinero.
—¡Pues contestadles! —respondió Loro—. ¡Y procurad que nuestra respuesta sea más ruidosa!
¡BOOM! ¡BOOM! ¡BOOM!
Los cañones rugieron mientras ambos barcos intercambiaban disparos. La cubierta temblaba y el humo cubría el mar.
Finalmente, Loro vio su oportunidad.
—¡Acercaos a ellos! ¡Vamos a abordarlos!
Los marineros lanzaron los garfios y las cuerdas. Loro fue el primero en saltar al barco enemigo, espada en mano.
—¡Rendíos! ¡El barco es nuestro!
Después de un duro enfrentamiento, la tripulación enemiga terminó derrotada. Algunos habían muerto durante la batalla y otros fueron hechos prisioneros.
Loro ordenó registrar el barco.
—Quiero saber qué transportaban.
Cuando abrieron la bodega, descubrieron cajas de mercancías, telas, herramientas y otros objetos valiosos.
—Capitán —dijo uno de sus hombres—, parece que hemos encontrado una buena carga.
Loro sonrió.
—Entonces nos llevaremos la mercancía... y también ese barco.
A los prisioneros los hicieron subir al barco de Loro bajo vigilancia. Los marineros muertos del enemigo quedaron en su propio barco, que fue soltado para que siguiera su camino a la deriva sobre el mar.
Loro contempló cómo el barco se alejaba lentamente.
—Esta batalla ha terminado —dijo—. Pero tengo la sensación de que el tesoro que encontramos en el primer capítulo nos traerá problemas mucho mayores.
Y mientras el sol desaparecía en el horizonte, el capitán Loro puso rumbo hacia nuevas aguas, sin imaginar que alguien, en algún lugar, ya conocía el secreto de aquel misterioso tesoro.

estreliita

 🌙 La estrella que tenía sueño En un rincón tranquilo del cielo vivía una estrellita llamada Luma. Luma era pequeña y brillante, y cada noc...